domingo, 12 de noviembre de 2017

Viaje al sol



     
     
     

     Había sido un día muy ajetreado; de mucho trabajo en el colegio y de las actividades que tuvo por la tarde, así que cuando cayó en la cama con la ilusión de que tal vez pudiera volver a ir a la Luna...

     Sintió una ligera brisa que entraba por la ventana y se escuchaba de cerca un pequeño ruido que no paraba.

     Se levantó, encendió la luz y vio en un rincón dos globos, los cuales al darles el aire se entrechocaban entre ellos y hacían ese sonido extraño. Cada uno de ellos tenía un hilo que al final terminaba en una argolla. En el momento que los cogió se reanimaron y fue como si cobrasen vida propia. Y de nuevo se vio volando por la ventana. 

     Esta vez no llevaba la bicicleta mágica, pero llevaba unos globos que hacían el mismo trabajo. 

     Iba subiendo y subiendo...llegó un momento que ya la Tierra ni se veía. Seguía subiendo... a una velocidad extraordinaria. Tal fue la tremenda aceleración que al pronto descubrió que se estaba acercando de nuevo a la Luna. Como quería descansar del viaje tan veloz, quiso reposar en ella, pero no sabía cómo frenar los globos que llevaban una rapidez endiablada. 

     Tenía que pinchar de alguna forma uno de ellos para reducir y poderse detener.

     Entonces se acordó que en la cena su madre le puso pescado y se le quedó una espina entre los dientes, que no pudo quitársela cuando se los lavó antes de ir a la cama. Soltó una mano de las anillas en las que iba sujetado y fue a la caza y captura de aquella espina, rebuscando hasta que la encontró. 

     Alcanzó a pinchar uno de los globos y al momento notó que ya no subía sino que empezaba a bajar poco a poco, hasta que de pronto notó que sus pies pisaban algo. Pero también se dio cuenta que no era la Luna donde se posaba porque iba a una velocidad astronómica.

     ¡Era un asteroide! 

     Intentó agarrarse donde pudo, al hacerlo se le escapó el globo que le quedaba y quiso ir tras él, al hacerlo por poco se suelta de donde estaba. Volvió a colocar la mano que le quedó libre y lo hizo en un hueco distinto al de antes. Tocó algo en esa roca y sintió que algo se movía. Era una puerta secreta que se estaba abriendo. Si no entraba rápido en ella saldría despedido de nuevo al espacio. 

     ¡Y ya no tenía los globos!

     Así que empezó a balancearse y de un gran impulso entró en ella rodando por el suelo. De pronto la puerta se cerró y se encontró en un lugar muy oscuro.

     El asteroide no iba recto sino que daba unos giros tan rápidos que su cuerpo algunas veces estaba en el suelo y otras en la pared. Fue entonces que en una de las veces que tocó la pared, lo hizo en un sitio que de nuevo se abrió otra puerta al fondo. Tal fue la luz que entró que por un momento quedó ciego. 

     ¿Qué pasa aquí? ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy sintiendo cada vez más calor?

      ¡¡Me estoy quemando!!

      Una voz muy potente se escuchó como si fuese un altavoz.

     No temas, no pasa nada...estás en el interior de un asteroide solar y nos estamos acercando al Sol. Entra en una de las habitaciones que tienes a los lados y allí encontrarás trajes protectores, pero hazlo rápido, no tenemos tiempo que perder.

     Fue arrastrándose por el suelo y otras arañando la pared intentando llegar a una de las habitaciones, cada vez sentía más calor, poco a poco notaba que su cuerpo empezaba a echar humo y que su ropa se chamuscaba. 

     Por fin logró alcanzarla cuando apenas le quedaba aire en los pulmones y estaba a punto de desmayarse. Al entrar en la habitación observó que había unas vitrinas con vestiduras especiales para proteger contra el fuego. Rápidamente se colocó uno de esos trajes y se puso el casco y los guantes. 

     Notaba como sus músculos iban creciendo de forma extraordinaria; a pasos agigantados. Su cuerpo se llenó de tal adrenalina que la reacción fue monumental. Podía moverse tan rápido que no era posible verlo a través del ojo humano. Veía imágenes pasar tan velozmente que casi no le daba tiempo a alimentarse de lo que realmente le estaba sucediendo.

     Salió de nuevo a la galería y se dio cuenta que ya no tenía el calor de antes, su ropa ya no abrasaba.

     El asteroide seguía su inevitable camino hacia el Sol.

     Miró a través de la pantalla del casco que le protegía de la radiación y pudo verlo como nunca lo había visto. Tan cerca...

     Casi podía tocarlo con las manos. 

     Entonces ocurrió...

     Sintió que sus pies estaban muy calientes. Quizás las botas no eran las adecuadas o tal vez no se las amarró bien.

     Cada vez se abrasaba más. El traje no lo estaba protegiendo como era su función; ardía...se estaba achicharrando.


     
     El Sol entraba por la ventana del dormitorio y le daba en los pies...

     Su mamá lo despertó, pero él hizo como si no la hubiese oído. Lo llamó de nuevo y poco a poco empezó a abrir los ojos restregándoselos  y refunfuñando.

     ¡Vamos, que tienes que ir al colegio! - le dijo su madre dándole un beso.

     Mami, déjame un ratito más - le contestó Paulo.

     ¡No, que vamos a llegar tarde! 

     

     



domingo, 23 de julio de 2017

Viaje a la luna

        




          
          Había una vez un niño llamado Paulo que de mayor quería ser astrónomo. Todas las noches antes de dormir, se asomaba a la ventana para ver a la luna. Se hizo con el rollo del papel higiénico un telescopio con el cual podía verla. 
          
          Una noche vio que le sonreía, hasta llegó a ver cómo la luna le guiñaba un ojo como queriéndole decir: ¡Ven, ven!. 
          
          El niño quedó totalmente asombrado, no podía creer lo que estaba viendo.
          
          Entonces observó que la bicicleta que tenía al lado se movía sola. Se montó en ella y entonces ocurrió...
          
          La ventana estaba abierta y salió volando. Él quería guiarla hacia abajo, hacia tierra firme, pero la bicicleta cada vez cogía más altura, y más, y más...
         
          Y tan alto subió, que llegó a la luna.
          
          Aterrizó en lo alto de un cráter del cual salieron dos seres muy extraños, pues tenían cuatro orejas, dos narices y tres ojos cada uno. Estaban parados y flotaban, ninguno de los dos ponía los pies en el suelo.
          
          Al pronto se asustó mucho, pero Mycho y Flavius  lo tranquilizaron hablándole dulcemente. Paulo al principio no entendía nada poniendo una cara de asombro y de ignorancia. Era un idioma muy raro.
          
          Ellos al darse cuenta de que no se estaba enterando de lo que decían, decidieron traducirlo, al mismo tiempo que hablaban salían de sus orejas una serie de números y letras.
          
          - H0l4,  n0  73n645  m13d0,  n0  73  h4r3m05  d4ñ0 -

          Paulo se quedó con la boca cuadrada, pues ahora sí se estaba enterando de lo que decían, aunque no muy bien.

          - ¿D3  d0nd3   v13n35?  ¿C0m0  73  ll4m45? - preguntaron.

          - V3n60  d3  l4  T13rr4  y  m3  ll4m0  P4ul0 -  ¡Ups!... 

          Se dio cuenta que a él también le salían de las orejas esos números y letras. Pensó que era así como podía comunicarse con ellos.

          - V3n  c0n  n0507r05,  73  3n53ñ4r3m05  nu357r0  h064r.  P3r0  4n735  d3b35  p0n3r73  35705  z4p4705  p4r4  n0  p154r   3l  5u3l0  y   n0  d3j4r  hu3ll45.

          Paulo se puso esos zapatos tan raros y vio que su cuerpo se elevaba unos centímetros del suelo y se fue con ellos. Pensó que así tendría una aventura para luego contar a sus amigos.

          A través de muchos túneles, puentes y caminos estrechos, llegaron a una explanada donde se hallaba una gran ciudad. Ellos la llamaban Selene. Sus habitantes son los selenitas.

          Antes de llegar le preguntaron:

          - ¿Y  7ú,  c0m0  h45  ll364d0  h4574  4qu1?

          ¡ 4nd4,  l4  b1c1cl374 !   51n  3ll4  n0  p0dr3  v0lv3r  4  c454

          - N0  73  pr30cup35,  m4nd4r3m05  4  r3c063rl4.

          Todo lo que veía flotaba, la gente, los edificios, el transporte. Estaba maravillado de ver tantas cosas distintas a las de la Tierra. Sus amigos no se iban a creer nada cuando les contase todo aquello. Les preguntó el porqué todo estaba en el aire y nada tocaba el suelo. Dijeron que si algo tocaba el suelo permanecería la huella para siempre.

          ¡ Cl4r0,  p0r  350  h4y  74n705  46uj4r05  3n  l4  lun4 !

          - 51, l05  cr473r35  30n  1mp4c705  d3  m3730r1705.

          ¡Claro! - pensaba Paulo. Con razón la luna desde la Tierra parece un queso de gruyere. 

          Lo llevaron hasta un observatorio donde ellos podían ver la Tierra desde un potente telescopio. Paulo se puso a mirar y vio la Tierra tan cerca como si estuviera en un helicóptero. 

          ¡¡ 0h ,  v30  m1  c454 !!

          Mycho y Flavius se miraron y sonrieron. 

          Bu3n0 ,  4qu1  713n35  7u  b1c1cl374 ,  pu3d35  1r73  cu4nd0  qu13r45.

          Paulo cogió su bicicleta y se despidió de ellos prometiendo que iría a visitarlos otra vez. Al montarse, su bici empezó a tomar altura, cada vez más y más rumbo a la Tierra.

          La bicicleta parecía que conocía bien el camino, pues casi sin guiar se coló por la ventana de su dormitorio. 

          Como estaba muy cansado, se acostó en su cama y pronto se quedó dormido, estaba agotado. 

          Cuando su mamá lo llamó para que se levantara para ir al colegio, le dijo que había tenido una aventura muy hermosa. Que había ido a la Luna.

          Su madre le dijo que podía haber tenido un sueño.

          Entonces miró que el rollo de papel higiénico estaba en el suelo y la bicicleta en un rincón. 

          Se subió a la bici y vio que no volaba. Pensó que quizás su madre llevase razón, que había sido todo una fantasía, una ilusión.

          Pero, ahora no estaba la luna. ¿Y si...?

          Por la noche volvería a intentarlo.

          

         




          

         

lunes, 17 de julio de 2017

La cama de los cuentos 2

          


          

          Las dos hormigas Ortiga y Espiga iban de nuevo por ese camino lleno de colores, las flores lucían más brillantes porque ahora estaban en plena primavera. 

          Habían dejado atrás una aventura llena de emociones y se disponían ir a casa, a la cual hacía mucho tiempo que no iban. Seguramente sus familiares estarían preocupados por ellas.


          De pronto vieron cómo a lo lejos parecía que se movía las flores, pero no hacía viento. 


          Eran otras hormigas que venían en fila haciendo zigzag y cada una llevaba una hoja, la cual era cinco veces su tamaño. Decidieron seguirlas para ver dónde se dirigían. Al cabo de un buen rato vieron un gran montículo, que las hormigas esquivaron en un gran rodeo. Era una colonia de termitas y en lo más alto había varios soldados de grandes cabezas y más grandes aún sus mandíbulas, capaces de arrancar de cuajo la cabeza de una hormiga. Notaron que habían tomado más velocidad para que no se percataran de su presencia.


          - ¿Qué hacemos, nos vamos para casa o la seguimos para ver dónde van? - dijo Espiga a Ortiga. 


          - ¡Vamos a seguirlas! - dijo Ortiga.


          La fila de hormigas que transportaban esas hojitas se metieron en un agujero en el que también había dos hormigas soldados en la entrada,  una a una iban desapareciendo.


          - Esta situación me recuerda un poco a la aventura anterior, en la que en la puerta del castillo había dos centinelas - dijo Ortiga. 


          Como no estaban bien escondidas fueron vistas por los centinelas que les dijeron: 


          - ¡Eh, vosotras! ¿Qué hacéis ahí? ¡Venid aquí!


          Llegaron donde estaban las dos hormigas soldados en la puerta y dijeron:


          - ¡Hola, somos Ortiga y Espiga, pero no pertenecemos a vuestro hormiguero!


          Bueno, si venís en son de paz, podéis entrar y así conoceréis cómo funcionamos dentro.


          Así lo hicieron, entraron y fueron recibidas por una hormiga joven, que era la que tenía que saber todo lo referente al refugio.


          - ¡Pasad, pasad! - dijo Hana -


          - Como podéis ver todo son pasadizos perpendiculares y galerías laterales, tenemos hecho los túneles a distintos niveles para que cuando llueva no se inunde el hormiguero, hay cámaras de crías o larvas que son alimentadas y aseadas por las hormigas obreras, también tenemos cámaras para almacenar comida, tenemos cuartos de estar, cuartos de baño y hasta un basurero que está cercano a la superficie. También hay una gran sala en la que vive nuestra reina, la cual está constantemente poniendo huevos.


          - Sí, en nuestra colonia también es lo mismo - dijo Ortiga.


          - Por cierto, tenemos que irnos porque nuestros padres estarán preocupados por nosotras, hace mucho tiempo que no volvemos a casa.


          Hana les acompañó hasta la salida a través del laberinto de túneles, en el que cualquiera que no supiese el camino se perdería fácilmente.


          - Gracias por enseñarnos vuestra casa. ¡ Adiós!


          De nuevo estaban otra vez camino a casa, hablando de lo que les había pasado - que eran muchas cosas - el camino iba a ser largo, se guiaban de los árboles, los cuales sus ramas siempre crecen más mirando al sur y su casa estaba al norte, donde el musgo crecía por ser zona más sombría y húmeda. Treparon por un árbol por si podían ver el sol a través de las ramas para así poder orientarse aún mejor. Llegaron casi a la copa del árbol y vieron a lo lejos que algo se movía, era como una gran mancha negra móvil. Pero no podían ser las hormigas obreras porque era demasiado lejos y además era mucha la extensión que cubría y todo desaparecía. 


          Se miraron una a otra pensando lo mismo y gritaron las dos a la vez: 


          - ¡¡ Marabuntaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa !!

   
           Bajaron del árbol a toda prisa y corrieron lo más que pudieron para avisar a la colonia de Hana, no había tiempo que perder, dentro de poco tiempo todo podría desaparecer, la marabunta arrasa con cualquier cosa a su paso; por donde pasa no vuelve a crecer en mucho tiempo.

          Llegaron con las antenas arrastrando por el suelo y casi sin poder  hablar del tremendo esfuerzo que habían hecho. 


          Cuando llegaron a la puerta del hormiguero alertaron a las hormigas soldados de lo que vieron; del peligro que corrían todos, ellas incluida.


          De unas a otras se iban diciendo lo que pasaba y en cuestión de un minuto ya lo sabía todo el hormiguero el cual alertaban a otras colonias.


           A nadie le daría tiempo de huir porque la marabunta avanza más rápido y por mucho que corrieran o se escondieran no tendrían salvación.


                Las reinas de todas las colonias se reunieron urgentemente para poder trazar un plan de defensa. Pidieron ayuda a las avispas y a las termitas que aunque eran enemigas, más lo era la marabunta que acabarían con todos si no se unían y dejaban a un lado sus rencillas. 


          Sabían que el punto débil de la marabunta era el fuego o el hielo. 

   
          Espiga y Ortiga estaban atentas de todo lo que pasaba y preparadas para lo que hiciese falta, cuando de pronto escucharon un gran ruido que venía del cielo miraron hacia arriba y vieron a Abelardo que en ese momento pasaba por allí.

          ¡ Abelardoooooooooooooooooo ! - gritaron las dos al mismo tiempo.


          Abelardo, que a pesar del ruido que hacían sus grandes alas, tenía muy buen oído, las oyó y rápidamente voló hacia ellas.


          - Hola amigas, ¿qué pasa?


          En menos de un minuto Ortiga y Espiga pusieron al corriente a Abelardo la situación. 


          Rápidamente Abelardo fue en busca de otros abejorros y en muy poco tiempo se presentó con un ejército.


          Al juntarse todas las colonias eran millones las hormigas. Dieron la orden que las de grandes mandíbulas cogieran piedras que al chocar saltaran chispas, así pudieron hacer el fuego que extendieron a un kilómetro de ancho, al mismo tiempo que las obreras hacían un gran cortafuego a la misma anchura, para que el fuego no fuera hacia ellas.


           El ejército que trajo Abelardo se pusieron en el cortafuegos y moviendo rápidamente sus alas hicieron que el fuego fuera hacia la marabunta, que iban quemándose por miles.

                     A las soldados termitas se las mandó al lago helado para que con sus grandes mandíbulas cortaran el hielo y así poder hacer trozos, los cuales los ponían en grandes hojas que muchas avispas cogían y sobrevolaban hacia el centro de la marabunta donde estaba la reina, pensaban que acabando con ella se retirarían. 

         Mientras que el fuego hacía su trabajo haciendo retroceder a los enemigos, el cielo se llenaba de avispas llevando el arma mortal contra la marabunta, soltando los cubitos de hielo en el centro de la gran mancha negra donde la reina estaba protegida por una legión de soldados, era como un bombardeo, las que soltaban su carga volvían a por más y eran miles.


          Hasta que se abrió el centro y se quedó al descubierto la gran reina, que era 50 veces el tamaño de las demás, entonces las avispas concentraron todo el hielo que llevaban hacia ella. 


          Así pudieron derrotarla y ganar la batalla. Entre el fuego y el hielo acabaron con casi todos. Los pocos que quedaron cogieron el cuerpo de su reina y se la llevaron.


          ¡ Ganamosssssssss ! ¡ Hemos vencidoooooo ! - gritaban todos.


          Ahora quedaba apagar el fuego rápido.


          Volvieron a reunirse el consejo de reinas y acordaron en hacer un gran cortafuego alrededor y así pudiera arder solamente lo que ya estaba ardiendo y que no se extendiera.


          Al mismo tiempo las avispas seguían transportando los cubitos de hielo, pero esta vez los echaban al fuego, y como eran miles y miles de cubitos, poco a poco se iba apagando. Al cabo de tres días se apagó completamente.


          Ortiga y Espiga estaban alucinadas de lo que habían presenciado; No daban crédito a sus ojos; nunca pensaron que iban a poder vencer a la marabunta; que todos iban a morir.


          Cuando ya pasó todo, cuando ya no hubo peligro alguno, se reunieron todas las reinas de todas las colonias, incluídas las reinas de las termitas y de las avispas. Acordaron que habría un mes de fiesta por la victoria y que de ahora en adelante vivirían en paz entre ellas.


          Ortiga y Espiga se despidieron de Hana, de Abelardo y de todos, agradeciendo la buena acogida que tuvieron con ellas.


          Y de nuevo emprendieron el camino hacia su casa. 


          Iban hablando de todo lo que les había pasado, no se iban a creer en su colonia todas las aventuras que habían  tenido.


          El camino volvía a llenarse de flores de colores...






          

         




     
































 

martes, 27 de junio de 2017

Jóvenes Flamencos

                             


          

          Algunos aficionados y practicantes flamencos "antiguos" ( lo señalo entre comillas, porque algunos intentan estar al día con las nuevas tendencias) siguen con esa reserva; con la preocupación de que el flamenco auténtico pueda desaparecer algún día por culpa de esa fusión.

          Pero, lo cierto es que el flamenco no es ciencia; no hay una regla estricta; no es lo mismo que siempre fue, ni será lo mismo que es. En todas las épocas ha habido más o menos evolución.

            
        ¿Cuándo comenzó todo? ¿Qué influencia tuvo la música extranjera con la nuestra? ¿Qué desembocó a la Fusión Flamenca?. 
          
          Son preguntas en las que tendríamos que remontarnos muchos años atrás para poder analizar lo que propició el impulso que tuvo esa "unión". 
          
          Tanto fue así que desembocó en un mestizaje tal que los puros acérrimos tuvieron que transigir al poco interés que la juventud tenía en ellos. Y para que el flamenco no fuese sólo de unos pocos, no pusieron mucha oposición, aunque sí con recelos.
          
          Y así fusionaron el flamenco con el Rock, el Jazz, el Funk, el Soul, etc.
          
          Uno de los primeros que fusionaron el Flamenco con el Rock fue el grupo Smash. Junto con Las Grecas ( Carmela tuvo que teñirse el pelo de morena porque en aquella época no estaba muy bien visto una gitana rubia) y  junto con Bambino y Enrique Montoya - éstos dos últimos eran únicos en su estilo -  fueron quizás los que más repercusión tuvieron en aquella época.

          Y llegó Camarón y revolucionó a todos, en especial su "Leyenda del Tiempo" en la que la mayoría de los jóvenes apostaron por el Nuevo Flamenco.
       
          Paco de Lucía fue el que vino de otra galaxia y causó tal admiración, que todos se pusieron a estudiar como locos; querían  parecerse a él y empezaron a cruzar la pierna... 

          Él fue también el que introdujo otros instrumentos de acompañamiento, como el bajo eléctrico, la percusión, el saxo...

          Un verdadero artífice que dio a conocer el flamenco a nivel mundial. "Entre dos aguas" tuvo un efecto transcendental; consiguió atraer la atención de un público no muy interesado al flamenco. Y el mundo empezó a disfrutar.

          
          Quizás dentro de unos años pasará lo que pasó hace otros. Camarón y Paco de Lucía fueron muy criticados y casi crucificados por los ortodoxos por la innovación de su música, rompiendo todos los esquemas, todos los conceptos y reglas del flamenco. Lo mismo pasará con estos nuevos artistas, que dentro de unos años algunos serán casi idolatrados.         

          Enrique Morente, vanguardista, innovador y excéntrico músico. "La estrella" fue la que más famoso  lo hizo.

          El grupo Triana, aunque no fueron flamencos, sí tuvieron la capacidad de fusionar el Rock progresista con el flamenco a nivel nacional. Quizás la canción que los llevó a la cima fue "Abre la puerta".


          Ketama fue un grupo revolucionario, dieron lugar a una nueva forma de expresión e inquietudes de la movida madrileña de la época. Todos sus miembros venían de familias de artistas; El ritmo y el compás ya lo traían de fábrica; solamente tenían que componer. José Soto (quizás el que más culpa tuvo del éxito) junto con Ray Heredia y Juan Carmona ( al que luego se unió su hermano Antonio) fueron sus miembros.


        No me quiero dejar en el tintero a los Gipsy Kings, que a pesar de la crítica de los puristas del flamenco, hicieron que el  Flamenco Pop llegara a lo más alto a nivel mundial con 60 millones de discos vendidos. Sus canciones más conocidas fueron: Djobí Djobá y Bamboleo.


          Lole y Manuel también dieron un gran vuelco a la pureza: El flamenco "light" gustaba. "El nuevo día" empezó a resurgir entre la juventud.


          Camela, uno de los grupos con más ventas en España, sobre todo en las gasolineras, en las que nunca faltaba una cinta de ellos.


          También colaboraron en este movimiento y pusieron su granito de arena para llevar a buen funcionamiento el Nuevo Flamenco...  Raimundo Amador, Navajita Plateá, Mártires del Compás, Azúcar Moreno, Kiko Veneno, Pata Negra, El Barrio, etc. 

          Tampoco debemos olvidarnos de otros instrumentos como el piano flamenco, el cual nos dio grandes intérpretes tales como: Arturo Pavón (que fue el impulsor; el primero en incluir el piano al flamenco), Campuzano, José Romero, Chano Domínguez, Dorantes, Diego Amador y Pedro Ricardo Miño, hijo de Ricardo Miño, un gran compañero guitarrista y una gran bailaora como Pepa Montes (no se pierdan la bulería que interpreta junto con Anoushka Shankar tocando la cítara, otro instrumento más que se suma a la fusión).







      

        




martes, 18 de abril de 2017

Flamenco

        



          Según leí una vez de no me acuerdo dónde y de no me acuerdo quién, dijo un erudito: "El flamenco es la síntesis lenta e imbicada de un proceso de alambicación" 

          Yo en particular con estas cosas no puedo; me cuesta mucho trabajo entender cómo se puede ser tan rebuscado. Y llego a más, esas palabras ni siquiera están registradas en la RAE, pero queda muy bien.

          Otros han llegado a afirmar que fue "La esbelta silueta, larga de pierna y sucinta de talle, de los cantaores de los siglos XVIII y XIX  -por alguna forma comparable a la zancuda flamenca-". 
          
          ¿Es que los cantaores de aquella época tenían todos las piernas largas?

          Y para terminar con comentarios de iluminatis... que incluso han ofrecido pruebas suficientes para la negación rotunda de que el primigenio origen sea hebreo. Y yo digo...¿Se puede estar tan seguro que los hebreos sefardíes no tuvieron nada que ver con el flamenco? 

          No, no se puede ser tan transcendental.




          


          La verdad es que después de leer tantos pareceres y suposiciones, uno se queda pensando si en realidad llevan razón o simplemente su razón. 

          En cualquier caso nunca se ha llegado a una conclusión exacta del origen. Los académicos que lo han analizado y estudiado hasta la saciedad tampoco han llegado a ciencia cierta a la procedencia.

          Al igual que el flamenco ave es gregario, el gitano vive en familia; necesita por tanto pertenecer a un grupo social estable. La familia es piedra fundamental y la comunidad es más importante que el individuo. El flamenco es inherente al gitano y sobre todo a Andalucía, llegando a través de un mestizaje cultural de muchas razas diferentes. 

          Por tanto, no es de extrañar que los moriscos cuando son expulsados, encuentren en los gitanos andaluces esa hospitalidad que les caracterizan, acogiendo a todos los perseguidos y mezclándose entre ellos. Los labradores huidos (felah-mengu). Y practicar con ellos sus cantes y sus ritos. Y puede ser que  empiece el germinarse esa unión. Estos músicos errantes se llamaban a sí mismos romá y se cree que al final procedían de Europa oriental. Pero al estar en continua peregrinación se extendieron en grupos por todas partes. Quizás también pudiera provenir de Egipto; egipcianos o gypsies, y al final desembocó en gitano.

          La atracción que ejerce el flamenco es innegable; es la imagen de España en el mundo. Es una fuerza, sentimiento y pasión que nadie puede explicar. 

          El japonés o japonesa es atraído por esta singular música nuestra, quizás porque su analogía es muy parecida o simplemente química. En particular yo los veo muy diferentes a nosotros. Ellos son más disciplinados, estudiosos y aplicados. El mismo gobierno japonés, a través de su agencia de cultura es el que financia a los alumnos que vienen a estudiar flamenco. Hay más academias en Tokio que en toda España.
          
          La mayoría de los españoles se sienten muy poco identificados con el flamenco en comparación con otros movimientos. 

          ¿Por qué viene tanta gente a aprender flamenco? ¿Qué influye?¿Y por qué es tan minoritaria nuestra música en España siendo la representación cultural más importante?

           
          El flamenco es un misterio y para buscarlo no existe ningún mapa.

          Y llegaron los reyes católicos...sobre todo católicos. Y llegó Hitler...el Samudaripén.
           
           Dos épocas... dos holocaustos. 
           
           Hasta en la dictadura franquista se prohibía el habla gitano por ser una jerga delincuente. 

          
          Pero esto es otra historia...

          
       




lunes, 6 de marzo de 2017

Y al otro lado...tú.

                                 
     
                                        


          Estaba de pie junto a la ventana de su cuarto, unas gotas finas de lluvia comenzaron a caer...veía cómo  resbalaban sobre el cristal dejando un estampado de perlas que regateaban buscando a otras hermanas. Su cuerpo estaba inerte; incapaz de reacción alguna.

           Tal vez pensaba con nostalgia en aquella otra vida, en la que inquieto imaginaba recordando...o acaso lo pretendía. Se convencía que no era del todo posible; algo le impedía ver su imagen con nitidez.

          Ahora se acomodaba a lo que fuera deparándole las circunstancias. No le apetecía la idea de salir de casa, pero al ver que ya no llovía, decidió hacerlo en el último suspiro.

         Andando fue sin rumbo; sin tener un punto determinado donde ir. Así estuvo deambulando  durante largo rato,  sin saber cómo, se adentró por unos callejones tan estrechos que casi se podían tocar las paredes opuestas con los brazos extendidos.

          Enseguida una plaza, pero no una plaza cualquiera, era como un enorme patio, no había fuente ni adornos. Tan sólo un banco donde sentarse, al hacerlo fue entonces cuando observó que la plaza era como un rectángulo lleno de arcos, y que cada arco estaba sostenido por dos columnas de mármol de arquitectura ambigua entre romana y gótica. Demasiado rico para convento, demasiado callado para escuela.

          Podría ser casa particular si no fuera por el número de puertas. Ninguna familia por numerosa que fuese tendría necesidad de usar tantas.

          Podría se museo de no sé qué arte o artesanía, pero hay demasiada luz natural. Los museos prefieren la penumbra.

          Absorto en una nube imaginaria de su mente estuvo allí sentado en aquel solitario banco durante mucho tiempo, observando aquella plaza, aquella arquitectura, aquel rincón, sin saber siquiera cómo había llegado hasta allí, qué le condujo a ese lugar. Se dio cuenta que se levantó, pero sus pensamientos quizás estuviesen en otra dimensión.

          Empezó a andar camino hacia su casa, sin prisa alguna. Hasta hubo un instante en que confundió el lugar de regreso. Por fin llegó, se acomodó en el sillón, encendió la televisión. La miraba pero no la veía, es como si no estuviese, era como un espejo en el que se reflejaba su alma.

          De pronto recordó que un amigo le dijo que si alguna vez se sentía sin ánimos o algo triste, que intentara entrar en una sala de esas de charlas por internet, que así pudiera no sentirse tan solo.

          Casi sin querer, como un pasatiempo más, un..."A ver qué pasa". Y todo empezó con un: "Hola" y poco a poco fue convirtiéndose en frases algo más dilatadas; las conversaciones se volvieron más extensas e intensas.

          Llegaron a ver sus caras y sus voces a través de una cámara, pero aún notaban que la sensación no producía el suficiente calor; no sentían esa emoción; sabían que faltaba algo, anhelaban ese "algo" que avivara y motivara ese empuje para romper el desasosiego que sentían.

          Decidieron que tenían que verse, aunque la distancia era grande, pero cuando hay deseo...no importan lo largas que sean, lo importante era la presencia física.

          Y llegó el día...

          Se citaron en un parque en el cual había gente por todos lados, niños correteando...y la vio venir. ¡Guapa! - pensó - el corazón le latía a revoluciones que nunca antes había sentido, sus miradas se encontraron y se dieron un beso, en ese momento el ruido de gente y niños jugando había cesado; ya no estaban en un parque...estaban en la gloria. 

          Tantas cosas que se habían dicho, tantas cosas que decir, que...no se dijeron nada. Estuvieron observándose durante varios minutos, no querían romper la magia del momento.

          Y la llevó a esa plaza y se sentaron en ese banco...y cuando empezaron a hablar ya no hubo manera de que parasen de hacerlo, todo eran lisonjas el uno hacia el otro, el timbre de su voz para él era pura música celestial, así estuvieron horas y horas hasta que la noche se les echó encima y ...

          
          Pero esta historia es común de otras muchas, quizás sea la tuya...




..

lunes, 16 de enero de 2017

El taller de flamenco

       



          La primera vez que vi eso de "Taller de Flamenco" me quedé algo confuso. No sabía si era un sitio donde se podía arreglar unos trastes de guitarra o unos volantes de un traje de flamenca. 

          Había una época en la que cuando alguien quería aprender flamenco, se iba a un maestro. No había muchos, pero eran buenos docentes, los cuales, - cuando un alumno destacaba mostrando interés por aprender, - se esforzaban aún más en enseñar.

         Mi maestro fue Antonio López Buzón, más conocido por Antonio Osuna.  Fue el primero que me guió por el camino de la guitarra flamenca. 

          Me hace gracia algunos "investigadores" que  distorsionen tanto la historia;
tirando de archivos en los que otros "flamencólogos" escriben copiando a otros tantos. Y raras veces aciertan. Antonio Osuna no vivía en el Cerro del Águila, como dicen algunos. 

          Fue en la calle Campamento de San Bernardo en Sevilla donde tres veces por semana recibía sus clases durante los tres meses que estuve con él. Conmigo se "mosqueaba" un poco, pues decía que cogía muy ligero las falsetas. A casi todos les ponía una falseta por clase y a mí tenía que ponerme dos. Claro que en aquellos años de juventud me llevaba todo el día practicando.  De él también aprendí que no hay que enseñar el pulgar de la mano izquierda; cada vez que me lo veía, chorlito gordo que me daba en el dedo. De sus clases salieron muy buenos guitarristas.

          Tenía un toque muy flamenco, un buen pulgar; quizás por ello le decían el Peana. Aunque nunca escuché ese alias hasta muchos años después.

       "La Academia de Baile", en la cual, el guitarrista si no lo llevaba ya en la sangre, era donde aprendía a tocar para el baile y al mismo tiempo para el cante: "El Compás". 

         En poco tiempo se aprendía sin ir al conservatorio, sin necesidad de saber lo que eran compases binarios o terciarios. A base de repetir una y otra vez soleá, alegrías, tangos, bulerías, tarantos, etc. Aquello que aprendí de Antonio Osuna, lo podía expresar de la teoría a la práctica.

          No hace mucho tiempo, pasaba por la calle y escuché como golpes acompasados. Me llamó la atención y entré en una casa que se encontraba abierta, tenía largos corredores y algunas puertas y de una de las cuales se oían esos golpes... me asomé por una ventana que había y vi a una persona vestido todo de negro, con chaleco, con patillas largas, sombrero negro y un bastón golpeando el suelo entarimado...TÁ,  ta,  ta, TÁ,  ta,  ta,  TÁ,  ta,  ta, TÁ. Cinco o seis mujeres taconeando (creo que todas guiris) TÁcatacatacaTÁcatacatacaTA. Asomado a aquella ventana estuve cuatro o cinco minutos viendo el panorama y nunca cambió el ritmo ni el compás.

           Me fui pensando que tal vez aquello fuese una clase de flamenco, quizás mi mente se hacía un juicio apresurado de la situación, quizás era así la nueva enseñanza. También iba pensando que en aquella clase faltaba estímulo incondicional; aquellos movimientos corporales estaban automatizados.

          El flamenco siempre se ha caracterizado como una expresión inmaterial, es algo inexplicable...tiene que salir del alma.

          

          





  

martes, 10 de enero de 2017

La velocidad del tocino



          Ya estaban algo mayores, pero aún se valían por sí mismos.

           Aunque él en la cocina era completamente nulo, siempre estaba dispuesto a echar una mano a su mujer. 

          Ella tenía tanta energía y actividad que a veces daba hasta miedo estar a su lado.
       
          La noche anterior dejó los garbanzos en remojo con mucha agua. Y le dijo a su marido:

          - Te quedas pendiente del cocido, que voy al pescadero a ver si llego temprano para tener la cena esta noche. 

          Ella ya lo tenía todo preparado; había echado en la olla todos los ingredientes; la carne, el pollo, el tocino, el chorizo, la morcilla, etcétera... y le dijo:

          - Ve quitando la espuma que vuelvo enseguida.

          Él, viendo al lado el tocino tan tierno que tenía en un plato, fue a darle un mordisco y se le escurrió tan rápido, que no le dio tiempo a echarle mano cuando ya el tocino tomó tal velocidad, que desde la cocina se encajó en la puerta de entrada en un santiamén. Del zaguán salió a la calle, justo en el momento que llegaba ella de la pescadería. 

          Vio al marido que iba muy apurado queriendo atrapar al tocino que ya se encaminaba hacia la plazoleta. 

          Los pájaros revoloteaban alrededor del único árbol que quedaba en pie. Cuando vieron aquel manjar pasar delante de ellos tan rápido, no dudaron en ir a por él.

          Pero ella, llegó antes que él a la plazoleta y... como también había comprado el pan, al mismo tiempo que corría le iba echando migas a los pájaros. De tal forma que no sabían si ir a por el tocino o ir a por las migas. 

          Momento en que ella aprovechó para atrapar al tocino que ya se encaminaba hacia una alcantarilla.

          El marido que llegaba detrás casi corriendo, le dio tal empujón que el tocino cayó de nuevo al suelo. Un coche que pasaba en ese instante, se llevó con la rueda la mitad del tocino. La otra mitad salió disparada hacia un balcón en la que habían dos mujeres viendo toda aquella escena.

          Se miraron sorprendidas y le dijo una a la otra:

          - ¡Ea, ya tenemos el tocino pa la pringá!

          Quisieron coger en vuelo lo que quedaba del tocino, con tan mala suerte que el gato que tenían se olió la "tostá" y de un salto atrapó el tocino, pero en el vuelo no previno la caída. 

          Los pájaros que quedaron viendo todo lo que se formó en un momento en la plazoleta, vieron como un gato se les venía encima. 

          El gato que entre el tocino y los pájaros prefería a estos últimos; soltó el tocino que llevaba entre las uñas y de nuevo se vio en la plazoleta a merced de sus dueños, que no daban crédito de ver cómo pasaba de un lado hacia otro.

          Los dos fueron a por el tocino, al mismo tiempo que se les resbaló de las manos y se escurrió de nuevo. 

          Esta vez tomó una calle adoquinada y algo mojada, con lo cual el tocino tomó aún más velocidad. 

          La gente que estaban en los bares salían a la puerta viendo que lo que parecía un ratoncillo blanco, no era otra cosa que un tocino.
        
           - ¿Habéis visto el tocino la velocidad que lleva? - se decían unos a otros.

          Al final, volvieron a casa y se comieron la pringá sin el tocino.

          Nunca más se supo de él; no se sabe si los pájaros, el gato, o fue una alcantarilla quien se lo tragó, lo cierto es que... fue tierno mientras duró.

          Y es que se dice: "No tiene nada que ver el tocino con la velocidad"

          Pero en este caso que hemos visto en concreto, sí tiene que ver...

          Y mucho.

          

viernes, 6 de enero de 2017

La cama de los cuentos






     Era un día como otro cualquiera de otoño. Caía una fina lluvia, pero no hacía frío.

        El bosque tenía un color entre rojo, verde, amarillo y naranja. El camino parecía un manto de todos esos colores.


        A lo lejos se veían dos puntitos negros y cada vez se acercaban más a un árbol. En una de sus ramas había un saltamontes que no quitaba ojo a los dos puntitos. Veía cómo se movían, hasta que se convirtieron en dos hormiguitas y que justo al llegar al árbol donde estaba Saltarín - que era como se llamaba el saltamontes - se pararon. 


        Había un gran charco de agua, que para las hormiguitas era como si fuese un rio.


        - ¡Por aquí no podemos cruzar, tenemos que dar un rodeo muy, pero que muy grande! - le dijo Espiga a Ortiga, que así se llamaban las hormiguitas.


        Saltarín que lo estaba oyendo todo, bajó del árbol de un salto y les dijo:


        - ¡Hola! Me llamo Saltarín...¿Queréis que os lleve al otro lado?


        - ¡Síiiiiiiiiii! - respondieron las dos al mismo tiempo.


        - Pues subiros a mi cabeza y agarraos bien fuerte, que voy a dar un salto enorme para cruzar a la otra orilla.


        El salto que dio fue tan espectacular, que no solamente cruzó el charco, sino que también llegó a un montículo que estaba cerca, y de allí dio otro salto más que llegó a la cima de una montaña, y desde allí otro más grande aún que llegaron a un arco lleno de flores de colores.


        Los tres se quedaron muy sorprendidos de ver tanta belleza, tanto color.


        Había muchísimas flores. Margaritas, campanillas, tulipanes, claveles, rosas...


        Y andando, andando por ese puente de colores, a lo lejos vieron un enorme castillo y siguieron caminando hacia él.


        Había una puerta con dos centinelas. Cuando llegaron a ellos dijeron:


        - ¡Hola! ¿Quienes sois?


        - ¡Somos los guardianes del Arco Iris! ¿Y vosotros, quienes sois?


        - ¡Nosotros somos Espiga, Ortiga y Saltarín!


        - ¿Y cómo habéis llegado hasta aquí?


        - Pues estábamos intentando cruzar un gran charco de agua y Saltarín se ofreció a ayudarnos, nos subimos a su cabeza, fue dando saltos y más saltos, hasta que...llegamos aquí.


        - ¡No podemos dejaros pasar sin la contraseña!


        - ¿Y cual es? - preguntó Ortiga.


        - ¡No os la podemos decir!


        - Entonces si no la puedes decir y nosotros no la sabemos...¿Cómo vamos a entrar?


        - Pues muy sencillo, habéis venido por un camino lleno de flores ¿verdad? pues en una de sus flores hay un papel con una adivinanza. 


        - Tenéis que buscarlo y encontrar la solución para saber la contraseña.


        Emprendieron la marcha otra vez, pero ahora hacia atrás; por donde habían venido, parándose a buscar entre las flores.


        Al cabo de un buen rato buscando, fue Espiga la que encontró el papelito.


        - ¡¡ Aquí estáaaaaaaaaaaaa  !!


        - ¡A ver...! ¿Qué pone? -dijo Ortiga.


        - Pues dice: "Tengo una gran sombrilla, me buscan por sabrosa, pero atención, tened cuidado que puedo ser venenosa"


        - ¡Hummmmm!...¿Qué podrá ser? - dijo Espiga toda intrigada.

        De pronto Saltarín dijo: ¡¡Ya lo tengo!!


        - ¿Qué es, qué es? - preguntaron las dos al mismo tiempo.


       - ¡Pues, ya la diré cuando llegue el momento! -dijo Saltarín, dejando a los demás con la intriga, pero muy contentos porque ya no tenían que buscar más.


        Camino de vuelta al castillo, habiendo encontrado y resuelto la adivinanza, iban  cantando y saltando pero... cuando quisieron darse cuenta, se habían perdido.

        - ¡Claro! - dijo Ortiga - Ahora parecen las flores más altas y no se ve el camino.

        - ¡Síiiiii! - dijo Espiga - Creo que con la lluvia han crecido.

        Saltarín - que llevaba a Ortiga y a Espiga en su cabeza - cada vez daba los saltos más grandes para ver más a lo lejos, por si veía el castillo.

        Pero, en cada salto que daba se desviaba más del camino, y en uno de los saltos fue tan grande que se salió del puente de flores y cayeron al vacío.

        Iban cayendo y cayendo cuando de pronto sintieron que pararon de caer, y además en un sitio muy blando, lleno de pelos. 

        Era un abejorro gigante que pasaba por allí, que al sentir el impacto, perdió el equilibrio y empezó a caer en picado. 

        Saltarín, Espiga y Ortiga se agarraron bien fuerte para no caer de nuevo al vacío.


        Cuando Abelardo - que así se llamaba - recuperó de nuevo el vuelo, dijo: ¿Qué fue lo que me cayó encima? 


        - Somos dos hormigas y un saltamontes. ¡Menos mal que pasaste por aquí en el momento oportuno!


        ¿Pero, qué es ese ruido tan grande? - dijo Ortiga.


        Era el zumbido de Abelardo. Era tan grande que hasta el puente de las flores se tambaleaba. Cada vez se acercaba más hacia el puente para dejar su carga allí, pero cuanto más cerca estaba, más se movía el puente. Parecía que iba a derrumbarse.


        Los tres dijeron: ¡Abelardo no te acerques tanto!...¡baja, baja!


        Abelardo empezó a volar hacia abajo, hasta que se posó en un campo de trigo.


        Saltarín con un gran salto, bajó del abejorro gigante. Espiga y Ortiga, que aferradas a su cabeza ya iban casi sordas de tanto zumbido.


        - Bueno... - dijo Abelardo -  me voy que mi familia me está esperando. Hoy nos reunimos en el gran enjambre todos los abejorros del valle. ¡Adiós amigos!


        - ¡Adiós Abelardo, y gracias por todo! 


        Se fue con un zumbido aún mayor que antes. 


        Espiga, Ortiga y Saltarín  se taparon los oídos para no quedar sordos.


        - ¿Y ahora qué hacemos? ¿Cómo vamos a subir al puente otra vez? - dijo Espiga.


        - ¡Desde aquí abajo se ve muy alto! - dijo Ortiga algo decepcionada.


        - ¡Sí,  más que un puente, parece un arco! - dijo Espiga asombrada.


        Vieron que cerca había un gran árbol y que sus ramas casi llegaban al puente.


        A Saltarín se le ocurrió una idea...


        - ¡Vamos a trepar por el árbol y cuando lleguemos a la última rama daré un gran salto y así podremos llegar hasta el puente! ¿Qué os parece? 


        - ¡¡Biennnnn!! - dijeron Espiga y Ortiga - 


        Y empezaron la aventura hacia el árbol...

          De camino hacia el árbol tropezaron con una piedra, y de ella salió muy enfadado un ciempiés que dijo:


        - ¿Quién se atreve a interrumpir mi siesta?


        Al verlo tan enojado, Saltarín dio un salto a la piedra dejándola atrás.


        - ¡¡Ufff!! - dijo Ortiga -


        - ¡Pensé que nos iba a dar un bocado con esas terribles mandíbulas! - dijo Espiga -


        - Menos mal que rápidamente di el salto, porque algunos ciempiés son venenosos - Dijo Saltarín -


        Siguieron andando hacia el árbol que al principio parecía que estaba más cerca, pero vieron que no era así. 


        Cuando ya estaban en las raíces para empezar la subida se les acercó un pequeño conejito que les preguntó: ¿Dónde vais por aquí?


        - Pues tenemos que subir hasta arriba del árbol. ¿Te vienes con nosotros?


        - ¡Ummmm! ¡Ya me gustaría tener una aventura!, pero no puedo. No soy muy buen trepador y solamente llegaría a pocos metros, además... papá y mamá me estarán buscando y antes que sea de noche tengo que estar en casa.


       - ¡Deseo que tengáis suerte con vuestra aventura!


        El conejito se alejó dando saltitos y se perdió de vista.


        Prosiguieron su lenta caminata hacia arriba...


        De pronto recordaron las palabras del conejito que les dijo que se iba a hacer de noche, así que se dieron un poco de más prisa en subir, pero...el sol ya se escondía tras las montañas que se veían a lo lejos.


        En poco tiempo quedaría todo oscuro. Pensaron que lo mejor sería pasar la noche en uno de esos agujeros que había en el árbol. Así lo hicieron, se metieron en el primero que encontraron, pero al entrar notaron algo en el interior, mucho movimiento.  


        - ¿Quién se atreve a entrar en nuestra casa sin llamar?


        - Perdonadnos, solamente queríamos pasar la noche.


        - Somos más de cien larvas de mariposa. Como veis con tanto movimiento no se puede dormir nada, además... no cabéis. Así que iros a buscar otro agujero.


        Siguieron trepando y trepando hasta que encontraron un hueco grande. Entraron en él y dentro había dos ardillas durmiendo, que al oír el pequeño ruido que hacían se despertaron y dijeron:


        - ¿Qué pasa, qué pasa? ¿Quienes sois?


       - Somos un saltamontes y dos hormigas que queremos pasar la noche aquí si nos dejáis.


        Como no vieron peligro alguno, las ardillas aceptaron que pasaran la noche allí.


        - Nosotros somos Patilla y Cerilla y podéis quedaros a dormir aquí, pero mañana tenéis que iros porque tenemos visita. Vienen unos primos de muy lejos, y para festejar su llegada les tenemos preparado un montón de frutos secos que hemos ido recogiendo estos días.


        Quedaron dormidos los cinco al momento. 


        Espiga sintió de pronto un calorcito en una de sus patitas. Era un rayo de sol que estaba entrando en ese momento por el hueco donde ellos dormían. Se levantó y despertó a los demás, que se iban levantando perezosamente, pues estaban algo cansados del día anterior.


        Patilla y Cerilla también lo hicieron y se despidieron de los nuevos amigos.


        - ¡Adiós! ¡Aquí tenéis un refugio para cuando queráis volver de nuevo!


        - ¡Gracias! - repitieron los tres - ¡Sois muy amables!


        Siguieron trepando hasta que llegaron a la última rama del árbol y...


           Saltarín dio un salto tan grande que llegó hasta el arco de las flores. De nuevo estaban otra vez en camino. 


        Faltaba ya poco para llegar al castillo, cuando vieron que algo se movía.  Parecía como una piedra redonda. Era un erizo que al sentir la presencia de ellos, se enrolló para que no le hicieran daño. 


        - ¡Hola! ¿Quién eres? - le preguntaron con cara de asombro.


        Fue entonces cuando el erizo se desenrolló y dijo:


        - ¡Hola! Soy un erizo y me llamo Espín. No tengáis miedo por mis púas, sólo las utilizo si me siento amenazado o me atacan. ¿Dónde vais?


        - Pues nos dirigimos hacia el castillo que hay al final del arco de las flores.


        - ¿Puedo ir con vosotros? ¡Me encantan las aventuras!


        - ¡Vale, pero no te acerques mucho Espín, que puedes pincharnos con tus púas!


        Ya eran cuatro los personajes que iniciaban de nuevo el camino hacia el país del Arco Iris. Cuando llegaron hasta la puerta, seguían allí los dos centinelas y les volvieron a preguntar:


        - ¿Sabéis ya la contraseña?


        - ¡Sí, la sabemos! Bueno... nosotras no, pero Saltarín sí la sabe - dijeron las hormigas.


        - Pues ahora no me acuerdo - dijo Saltarín - ¿Quién de vosotras guardó el papel con la adivinanza?


        - ¡Yo!  la tenía enrollada en una de mis patitas - dijo Espiga muy emocionada.


        - A ver, vamos a leerlo de nuevo para recordar la respuesta.


        "Tengo una gran sombrilla, me buscan por sabrosa, pero atención, tened cuidado que puedo ser venenosa"


        - ¡Ya me acuerdo! - dijo Saltarín muy contento - es...es...la contraseña es...¡¡¡La Seta!!!


        Los centinelas se miraron uno al otro y dijeron: 


        - ¡Bien, es correcta, podéis pasar al reino del Arco Iris!

        
        Abrieron la gran puerta y pasaron dentro. Iban con algún temor y mucha emoción, pues no sabían lo que podían encontrarse. Habían oído decir maravillas del país del Arco Iris, pero una cosa era oír y otra cosa era verlo. 

       - ¡Oh, qué grande es el castillo! - dijo Espín, que tenía ya sus púas preparadas por si acaso.


        - ¡Sí,  y qué salón más largo! - dijo Ortiga asombrada.


        Empezaron a caminar hacia lo que parecía un trono, cuando de repente un grupo de ratones blancos los rodearon y los llevaron hasta donde estaba la princesa. Que era una ratita muy bonita.


        Espín estaba muy nervioso, las púas se le pusieron más grandes.


        Saltarín se puso delante de él y le dijo: ¡Tranquilízate, vamos a ver qué quieren de nosotros!


        Cuando llegaron a dos metros de donde estaba la princesa, los ratoncitos mandaron parar a los visitantes y se pusieron a ambos lados de ellos.


        Fue entonces cuando Irina - que así se llamaba la princesa - dijo:


        - Bienvenidos al país del Arco Iris. Habéis hecho una larga caminata y seguramente estaréis algo cansados. Reposad un poco y luego más tarde, contaremos con vuestra presencia para la comida. También estarán mi padre el rey Baikor, que como buen lirón que es, se lleva la mayor parte del día durmiendo y mi madre la reina Aisha, es una marmota y también duerme mucho; me llevo la mayor parte del tiempo muy aburrida si no fuese por mis ratones, que hacen mucho por divertirme.


       - ¡Pérez, - que era el jefe de los ratoncitos - acompaña a nuestros invitados a sus habitaciones!


        Se fueron los cuatro a las habitaciones que el ratoncito Pérez les indicó.


        Cuando se quedaron solos, Espiga dijo: ¿No os parece algo sospechoso tanta amabilidad?


        - ¡Anda, no seas tan miedica, que siempre estás pensando en que algo malo va a suceder, tienes que ser positiva! - dijo Ortiga regañándola.


        - ¡Vamos a descansar un poco y luego a lavarnos para que nos vean guapos! . dijo Espín.


         Ya estaban listos para ir a la comida.


        El ratoncito Pérez llamó a la puerta y cuando abrieron les dijo:


        - ¡El rey Baikor, la reina Aisha y la princesa Irina os esperan en la gran sala!


        Salieron y caminaron detrás del ratoncito por unos pasillos muy largos. A ambos lados de las paredes colgaban candeleros en los que habían muchas velas encendidas, pues en el castillo no había electricidad. Por todas partes que iban andando veían candeleros con sus velas, en las paredes, en los muebles, en las escaleras, colgando en los techos, por todos lados.


        Saltarín se dio cuenta que una escolta de ratones les seguían los pasos y lo comentó con sus amigos. 


        - ¿Veis? - dijo Espiga - Os dije que tanta amabilidad era algo sospechosa!


        - ¡Que no pasa nada, sigues siendo una miedica como siempre! - le dijo Ortiga regañándola.


        Los dejaron en presencia del rey Baikor, la reina Aisha y la princesa Irina, que ya estaban sentados en la gran mesa.


        - ¡Sentaos y comed con nosotros! - les dijo el rey.


        Les habían preparado una suculenta comida. Había ensaladas, quesos, huevos, aceitunas, galletas...y mucha fruta.


        Cuando ya quedaron más que satisfechos de tanta comida, dieron las gracias y dijeron que tenían que marcharse.


        Se despidieron de los reyes y los tres les hicieron un regalo. Y cada uno tenía vida propia.


        El rey Baikor les regaló una linterna mágica.


        La reina Aisha les regaló unos sombreros de colores.


        Y la princesa Irina les regaló una brújula para que no se perdieran por el camino de vuelta. 


        Cuando se dirigían a la salida del castillo vieron que seguían allí los mismos centinelas que cuando entraron y les dijeron:


        - ¡No podéis pasar sin la contraseña de salida! - dijeron los centinelas.


        - ¿Es la misma de antes al entrar o es nueva? - dijo Saltarín.


        - No, no es la misma; esta es otra contraseña, y dice así:


        "Te digo y te repito y te vuelvo a contar, por más que te diga, no lo vas a adivinar"


        - Es una adivinanza en la que si no la sabéis, la solución se encuentra en una de las miles de velas que hay en el castillo. Pero recordad una cosa... mientras la vela arda, la solución no se os dará.


        Se fueron todos a buscar la vela que contenía la solución a la adivinanza. 


        Espin dijo: ¿Qué habrán querido decir con eso de que mientras la vela esté ardiendo no sabremos la solución?


        - No lo sabremos hasta que vayamos apagando una a una las velas del castillo hasta que encontremos la que tiene la solución - dijo Saltarín, que parecía el más listo.


        - ¡Hay miles de velas y nos llevará muchos días para encontrar la contraseña! - dijo Ortiga.


        - Pues empecemos cuanto antes y para no perdernos yendo cada uno por un pasillo distinto, creo que lo mejor es que estemos unidos. - propuso Espiga.


        Y así lo hicieron, fueron todos juntos por el primer pasillo que encontraron e iban apagando todas las velas que se iban encontrando encendidas. Conforme apagaban velas iban dejando el pasillo a oscuras detrás de ellos.


        Cuantos más pasillos recorrían y más velas apagaban más oscuridad iban dejando atrás.


        Ya estaban algo cansados de apagar tantas velas, apenas les quedaban ya aire en los pulmones para soplar. 


        Espín tuvo una idea... ¡ Apartaos! - dijo.


        Y empezó a lanzar púas como si fueran dardos, con tan buena puntería que iba apagando las velas. Apagó más de treinta en un momento hasta que se quedó sin púas, pero en ninguna de ellas encontraron la solución.


        Se iban quedando cada vez más a oscuras hasta que de pronto...


          Vieron un gran resplandor que salía por debajo de una de las puertas, la abrieron pensando que allí encontrarían muchas velas encendidas. Cual fue su sorpresa que la luz que   iluminaba la habitación era por la cantidad de dientecillos diminutos que había, parecían perlas.


        Cada uno guardó varios dientecillos, pero cuando salieron de la habitación, dejaron de iluminar; ya no tenían ese resplandor y ese color.


         Ahora tenían en sus manos algo que parecían piedrecitas negras y que se iban desmoronando poco a poco.


        Miraron de nuevo hacia atrás y no se habían dado cuenta antes, la puerta tenía escrito un nombre...ratoncito Pérez.


        Dejaron  atrás la habitación mágica y se encaminaron de nuevo por los pasillos para ir apagando velas. Cada vez todo estaba más oscuro y a nadie se le ocurría cual sería la solución a la adivinanza que los centinelas propusieron. 


        Todos coincidían en que la adivinanza era muy difícil. 


        Siguieron apagando velas y la solución no llegaba en ninguna de ellas. Ya quedaban pocas estancias por visitar y pocos pasillos por recorrer. 


        De pronto Espín dio un salto de alegría, había descubierto "La Vela" que cuando la apagó, del humo que echaba, claramente se podía leer: "El Té".


         Era la solución a la adivinanza.

  
        - ¿Cómo no se nos ocurrió antes? - dijo Saltarín.

        "Te digo y te repito y te vuelvo a contar, por más que te diga, no lo vas a adivinar"


        - ¡Pero si estaba clarísimo! - dijo Espiga con cara de sabelotodo.

        
        - ¡Vamos a la salida! - dijo Ortiga feliz.

        Pero pronto se dieron cuenta de la realidad, estaba todo el castillo sin luz; a oscuras. Habían apagado casi todas las velas.


        - ¡Tenemos la linterna que nos regaló el rey Baikor! - dijo Espín alegremente.


        En el castillo todo o casi todo era mágico y la linterna también lo era. Solamente duraba un minuto encendida y dos minutos apagada. Tendrían que darse prisa cuando estuviese encendida.


        La encendieron y recorriendo los pasillos que antes habían andado y que con la linterna ya quedaban de nuevo iluminados. Al minuto se apagó .

        - ¡Bah!... La linterna que nos regalaron no sirve  para nada - dijo Saltarín, algo enojado.


        De nuevo quedaron a oscuras.


        - ¡También nos regalaron una brújula! - dijo Espiga.


        - ¡Usémosla para que nos indique el camino de salida - dijo Ortiga.


        Pero no sabían tampoco que la brújula también era mágica y que tenía poderes.


        ¡La brújula hablaba!


        Iban a oscuras de nuevo porque la linterna dejó de funcionar. De pronto se escuchó una voz:  ¡Frío, frío!


        Se quedaron mudos. ¿Cómo era posible que una brújula hablase?


        Siguieron el camino a oscuras y otra vez la voz que venía de la brújula: ¡Más frío!


        Pensaron que tal vez si dieran la vuelta hacia atrás...


        Tenían que encontrar la puerta de salida pronto. Caminaron un rato en dirección contraria a la que iban y de nuevo la brújula dijo: ¡Calentito, calentito!


        Al rato se encendió de nuevo la linterna.


        - ¡Ya funciona, ya está arreglada! - dijo Espín.


        Siguieron andando por aquellos pasillos interminables e iban reconociendo algunos cuadros que estaban colgados en las paredes. 


        Hasta los cuadros eran mágicos. En algunos habían personas que les indicaba por donde tenían que ir para encontrar la salida; les decían: ¡Por allí, por allí!


        En uno de los cuadros mágicos estaba pintado el conejito que encontraron antes de subir al gran árbol, aquel que hubiese querido ir con ellos de aventuras.


        De pronto,  Tinky ( que así se llamaba) cobró vida, dio un salto y salió del cuadro corriendo hacia ellos...


          - ¡Hola amigos! ¡Qué alegría encontraros de nuevo! ¿Puedo ir con vosotros? - dijo Tinky.


        - ¿Qué haces aquí? ¿No encontraste a tus padres? - preguntó Saltarín.


        - Pues no, estuve buscándolos toda la mañana y al final estaba tan cansado que me quedé dormido.


        - Cuando desperté me encontré dentro de este castillo. Unos ratoncitos me habían traído hasta aquí. Y cuando quise salir, me encontré en la puerta a dos centinelas que me dijeron una adivinanza.


        - Estaba aturdido, confuso y temeroso. Y como no supe decir la respuesta para la contraseña de salida, me encerraron en el cuadro.


        A todos los que no contestaban las adivinanzas los encerraban en los cuadros.


        - ¿Y cual es la adivinanza que te pusieron Tinky? - dijo Ortiga intrigada.


        - A ver si me acuerdo... ¡Ah, sí! - Era algo así como...


        "Corta y no es cuchillo, afila y no es afilador; él te presta sus servicios para que escribas mejor".

        - Pues...no lo veo tan difícil Tinky - dijo Espiga.


        - Es que estaba muy nervioso y solo pensaba en huir. - dijo Tinky algo más tranquilo.


        - ¿Y qué era Espiga?


        - Pues tu adivinanza era "El Sacapuntas".


        - ¡Ohhh! ¡Qué fácil!


        - Bueno, puedes venir  con nosotros, tenemos ya una contraseña para salir. Encontré una vela y con el humo se veía escrita. - dijo Espín.

        De nuevo la linterna volvió a apagarse y quedaron a oscuras otra vez. Y de nuevo echaron mano a la brújula para que los orientasen.


        Cuando iban caminando por un pasillo, dijo la brújula: ¡¡ Frío, frío!!


        Algunos personajes de los cuadros les decían: ¡Es hacia atrás, es hacia atrás!


        Dieron la vuelta, y al rato dijo otra vez la brújula: ¡¡Caliente, caliente!!


        - ¡Ya estamos cerca! - dijo Saltarín.


        - ¡¡Os vais a quemar, os vais a quemar!! - dijo de pronto la brújula.


        Al final del pasillo vieron la puerta donde estaban los centinelas. Fue entonces cuando Espín se puso delante y les dijo a los dos: ¡Tenemos ya la contraseña de salida!


        - ¿Sabéis entonces la respuesta? ¡Recordad que si la respuesta no es correcta os meterán en los cuadros y no podréis salir! - dijeron los centinelas.


        - La contraseña es...¡¡ El Té!! - dijeron todos a la vez, menos Tinky, que era el único que no se la sabía por no estar cuando la descubrieron.


        - ¡Podéis salir! - dijeron los dos centinelas a la vez.


        - ¡¡ Biennnn!! - dijo Ortiga muy contenta.


        - ¡Qué alegría poder ver de nuevo la luz! - dijo Tinky que creía que nunca la volvería a ver.


        - Ya no nos hace falta la linterna ni la brújula, porque con el sol es suficiente para ver y orientarnos. - dijo Espiga.


        - Pero nos las llevaremos por si acaso nos sirven para otra ocasión. - dijo Espín.


        Emprendieron la marcha hacia el puente de colores y vieron que las flores habían crecido muchísimo, tanto que casi no se veía el cielo. 


        Entonces recordaron que también llevaban unos sombreros cada uno, todos menos Tinky.


        - Nos dijeron que todos los regalos cobrarían vida al usarlos. - dijo Saltarín.


        - ¿Qué tendrán de especiales estos sombreros? - dijo Ortiga.


        Se pusieron los sombreros y al pronto notaron que se hacían grandes y que se estaban elevando del suelo.


        - ¡¡Ehhhh, no me dejéis aquíiiii !! - dijo Tinky asustado.


        - ¡Agárrate a mis patas Tinky! - dijo Espín que era el más grande.


          Tinky iba bien agarrado a las patas de Espin, que era el más fuerte de todos. Cada vez se elevaban más y más del suelo, ya sobrepasaron las flores de colores y subían, subían...


        El viento soplaba fuerte y al mismo tiempo que subían iban alejándose cada vez más del Arco Iris.


        - ¿Pero dónde iremos a parar? - dijo Ortiga asustada.


        - Si seguimos subiendo...¿Cómo bajaremos luego? - dijo también Espiga algo inquieta.


        - ¡Algo tendremos que hacer, no podemos seguir así! - dijo saltarín.


        Espín que tenía bastante trabajo ya con tener agarrado a Tinky sobre sus patas, se le ocurrió una gran idea y dijo: 


        - ¡Ya lo tengo! ¡lanzaré púas sobre los sombreros y les haré algunos agujeros y así irán bajando poco a poco!


        Dicho y hecho, al poco tiempo de lanzar las púas, los sombreros mágicos empezaron a bajar y a bajar. El viento seguía soplando, pero cada vez menos fuerte, hizo que se desviaran del puente del Arco Iris y bajaban al lado del árbol por donde habían subido.


        Patilla y Cerilla al oír tanto ruido, se asomaron y vieron que eran sus amigos los que bajaban de esa manera tan graciosa. Llamaron a todos los familiares que estaban dentro celebrando la fiesta.           


        - ¡Pero si son nuestros amigos! ¡¡Ehhhhhhhhh !!...¡¡adióssssss amigossssssss !!


        - ¡Adióssssss Patilla, adióssssss Cerilla! - gritaron todos.


        De pronto oyeron un tremendo ruido que procedía cerca de donde ellos iban cayendo. 


        Era Abelardo que iba acompañado de sus amigos de la colmena.


        - ¡¡zzzzzzzzzzzzzzzz!! ¡Adiós amigosssssssss! - dijo al tiempo de pasar.


        Llegaron a tierra firme y a Tinky le estaban esperando sus padres que pasaron por allí, y  justo miraban hacia arriba en el momento que vieron caer a todos.


        - ¡Tinky!...¿Dónde te metiste todo este tiempo? ¡Hemos estado buscándote desesperados!


        - ¡Mamá, papá...qué alegría veros de nuevo! 


        - ¡Bueno amigos, muchas gracias por todo y que tengáis feliz regreso a casa! - les dijo Tinky un poco tristón por no poder seguir la aventura con ellos.


        Espin también se despidió de ellos, esperando verlos de nuevo otra vez.


        Se enrolló a sí mismo y se fue rodando ladera abajo. Tropezó con una piedra y dio una voltereta en el aire, al mismo tiempo que la daba vio al ciempiés queriendo atraparlo con sus mandíbulas. Y siguió rodando hasta que quedó parado, se desenrolló y continuó andando...


        - ¡Bueno, pues ya solamente quedo yo! - dijo saltarín.


        - Así que subiros de nuevo a mi cabeza que voy a saltar el charco para dejaros otra vez en el camino de vuelta por donde empezasteis la aventura.


        Así lo hizo, se subió a la rama del árbol donde por primera vez vio a sus amigas venir y con casi lágrimas en los ojos las vio alejarse, hasta que fueron dos puntitos negros lo que se iba perdiendo a lo lejos.


        

        


                                                                  F  i   n