lunes, 15 de enero de 2018

La cama de los cuentos






     Era un día como otro cualquiera de otoño. Caía una fina lluvia, pero no hacía frío.

     El bosque tenía un color entre rojo, verde, amarillo y naranja. El camino parecía un manto de todos esos colores.

     A lo lejos se veían dos puntitos negros y cada vez se acercaban más a un árbol. En una de sus ramas había un saltamontes que no quitaba ojo a los dos puntitos. Veía como se movían, hasta que se convirtieron en dos hormiguitas y que justo al llegar al árbol donde estaba Saltarín - que era como se llamaba el saltamontes - se pararon.

     Había un gran charco de agua, que para las hormiguitas era como si fuese un río. 

     - ¡Por aquí no podemos cruzar, tenemos que dar un rodeo muy, pero que muy grande! - le dijo Espiga a Ortiga, que así se llamaban las hormiguitas.

     Saltarín que lo estaba oyendo todo, bajó del árbol de un salto y les dijo: 

     - ¡Hola! Me llamo Saltarín...¿Queréis que os lleve al otro lado?

     - ¡Siiiiiiiiiiii! - respondieron las dos al mismo tiempo.

     - Pues subiros a mi cabeza y agarraos bien fuerte, que voy a dar un salto enorme para cruzar a la otra orilla.

     El salto que dio fue tan espectacular, que no solamente cruzó el charco, sino que también llegó a un montículo de que estaba cerca, y de allí dio otro salto más que llegó a la cima de una montaña, y desde allí dio otro más grande que llegaron a un arco lleno de flores de colores.

     Los tres se quedaron muy sorprendidos de ver tanta belleza y tanto color. Había muchísimas flores, margaritas, campanillas, tulipanes, claveles, rosas...

     Y andando, andando por ese puente de colores, a lo lejos vieron un enorme castillo y siguieron caminando hacia él. Había una puerta con dos centinelas. Cuando llegaron a ellos dijeron: 

     - ¡Hola! ¿Quiénes sois?

     - Somos los guardianes del arco iris. ¿Y vosotros quiénes sois?

     - Nosotros somos Espiga, Ortiga y Saltarín.

     - ¿Y cómo habéis llegado hasta aquí?

     - Pues estábamos intentando cruzar un gran charco de agua y Saltarín se ofreció a ayudarnos, nos subimos a su cabeza, fue dando saltos y más saltos, hasta que...llegamos aquí.

     - No podemos dejaros entrar sin la contraseña.

     - ¿Y cual es? - preguntó Ortiga.

     - No os la podemos decir.

     - Entonces si no la podéis decir y nosotros no la sabemos...¿Cómo vamos a entrar?

     - Pues muy sencillo, habéis venido por un camino lleno de flores, ¿verdad?...pues en una de sus flores hay un papel con una adivinanza. 

     - Tenéis que buscarlo y encontrar la solución para saber la contraseña.

     Emprendieron la marcha otra vez, pero ahora hacia atrás; por donde habían venido, parándose a buscar entre las flores.

     Al cabo de un buen rato buscando, fue Espiga la que encontró el papelito.

     - ¡¡ Aquí estáaaaaaaaaaaaaa !!

     - A ver...¿Qué pone? - dijo Ortiga.

     - Pues dice: "Tengo una sombrilla, me buscan por sabrosa, pero atención, tened cuidado que puedo ser venenosa"

     - ¡Hummmmmm!...¿Qué podrá ser? - dijo Espiga toda intrigada.

     De pronto Saltarín dijo: ¡¡Ya lo tengo!!

     - ¿Qué es, qué es? - preguntaron las dos al mismo tiempo.

     - Ya la diré cuando llegue el momento. - dijo Saltarín. 

     Dejando con la intriga a sus amigas, pero estaban todos muy contentos porque ya no tenían que buscar más.

     Camino de vuelta al castillo, habiendo encontrado y resuelto la adivinanza, iban cantando y saltando pero... cuando quisieron darse cuenta se habían perdido.

     - Ahora parecen las flores más altas y no se ve el camino. - dijo Ortiga.

     - Sí, creo que con la lluvia han crecido. - contestó Espiga.

     Saltarín - que llevaba a Ortiga y a Espiga en su cabeza - cada vez daba los saltos más grandes para ver más a lo lejos, por si veía el castillo.

     Pero, en cada salto que daba se desviaba más del camino...y en uno de los saltos fue tan grande que se salió del puente de flores y cayeron al vacío.

     Iban cayendo y cayendo cuando de pronto sintieron que dejaron de caer, y además en un sitio muy blando, lleno de pelos.

     Era un abejorro gigante que pasaba por allí, que al sentir el impacto, perdió el equilibrio y empezó a caer en picado.

     Saltarín, Espiga y Ortiga se agarraron bien fuerte para no caer de nuevo al vacío.

     Cuando Abelardo - que así se llamaba el abejorro - recuperó de nuevo el vuelo, dijo: ¿Qué fue lo que me cayó encima?

     - Somos dos hormigas y un saltamontes. ¡Menos mal que pasaste por aquí en el momento oportuno!

     ¿Pero, qué es ese ruido tan grande? - dijo Ortiga.

     Era el zumbido de Abelardo, tan grande que hasta el puente de las flores se tambaleaba. 

     Cada vez se acercaba más hacia el puente para dejar su carga allí, pero cuanto más cerca estaba, más se movía el puente; parecía que iba a derrumbarse.

     Los tres dijeron: ¡Abelardo no te acerques tanto, baja, baja!

     Abelardo empezó a volar hacia abajo, hasta que se posó en un campo de trigo.

     Saltarín con un gran salto, bajó del abejorro gigante. Espiga y Ortiga iban sordas de tanto zumbido.

     - Bueno...dijo Abelardo - me voy que mi familia me está esperando. Hoy nos reunimos en el gran enjambre todos los abejorros del valle. 

     - ¡Adiós, amigos!

     - ¡Adiós Abelardo, y gracias por todo.

     Se fue con un zumbido aún mayor que antes.

     Espiga, Ortiga y Saltarín se taparon los oídos para no quedar sordos.

     - ¿Y ahora qué hacemos? ¿Cómo vamos a subir al puente otra vez? - dijo Espiga.

     - ¡Desde aquí abajo se ve muy alto! - dijo Ortiga algo decepcionada.

     - Sí, más que un puente, parece un arco. - dijo Espiga asombrada.

     Vieron que cerca había un gran árbol y que sus ramas casi llegaban al puente.  

     A Saltarín se le ocurrió una idea...

     - Vamos a trepar por el árbol y cuando lleguemos a la última rama daré un gran salto y así podremos llegar hasta el puente. ¿Qué os parece?

     - ¡¡Biennnnnnnnn!! - dijeron las dos hormigas otra vez a la vez.

     Y empezaron la aventura hacia el árbol...

     De camino hacia él, tropezaron con una piedra, y de ella salió muy enfadado un ciempiés que dijo: 

     - ¿Quién se atreve a interrumpir mi siesta?

     Al verlo tan enojado, saltarín dio un salto a la piedra dejándola atrás.

     - ¡Ufff! - ¡Pensé que nos iba a dar un bocado con esas terribles mandíbulas! - dijo Ortiga.

     - Menos mal que rápidamente di el salto, porque algunos ciempiés son venenosos - dijo Saltarín.

     Siguieron andando hacia el árbol que al principio parecía que estaba más cerca, pero vieron que no era así.

     Cuando ya estaban en las raíces para empezar la subida se les acercó un pequeño conejito que les preguntó: ¿Dónde vais por aquí?

     - Pues tenemos que subir hasta arriba del árbol. ¿Te vienes con nosotros?

     - ¡Ummmm! ¡Ya me gustaría tener una aventura!...pero no puedo. No soy buen trepador y solamente llegaría a pocos metros, además...papá y mamá me estarán buscando y antes que sea de noche tengo que estar en casa.

     - ¡Deseo que tengáis suerte con vuestra aventura!

     El conejito se alejó dando saltitos y se perdió de vista.

     Prosiguieron su lenta caminata hacia arriba...

     De pronto recordaron las palabras del conejito, que les dijo que pronto se haría de noche; se dieron un poco de más prisa en subir, pero...el sol ya se escondía tras las montañas que se veían a lo lejos; en poco tiempo quedaría todo más oscuro. Pensaron que lo mejor sería pasar la noche en uno de esos agujeros que había en el árbol. Así lo hicieron, se metieron en el primero que encontraron, pero al entrar notaron algo en el interior, había mucho movimiento.

     - ¿Quién se atreve a entrar en nuestra casa sin llamar?

     - Perdonadnos, solamente queríamos pasar la noche.

     - Somos  más de cien larvas de mariposa, como veis con tanto movimiento no se puede dormir nada, además...no cabéis. Así que iros a buscar otro agujero.

     Siguieron trepando y trepando hasta que encontraron un hueco grande. Entraron en él y dentro había dos ardillas durmiendo, que al oír el pequeño ruido que hacían, se despertaron y dijeron:

     - ¿Qué pasa, qué pasa? ¿Quiénes sois?

     - Somos un saltamontes y dos hormigas que nos gustaría pasar la noche aquí si nos dejáis.

     Como no vieron peligro alguno, las ardillas aceptaron que pasaran la noche allí.

     - Nosotros somos Patilla y Cerilla y podéis quedaros a dormir aquí, pero mañana tenéis que iros porque tenemos visita. Vienen unos primos de muy lejos. Y para festejar su llegada les tenemos preparado un montón de frutos secos que hemos ido recogiendo estos días.

     Quedaron dormidos los cinco al momento.

     Espiga sintió de pronto un calorcito en una de sus patitas. Era un rayo de sol que estaba entrando en ese momento por el hueco donde ellos dormían. Se levantó y despertó a los demás, que se iban levantando perezosamente, pues estaban algo cansados del día anterior.

     Patilla y Cerilla también lo hicieron y se despidieron de los nuevos amigos.

     - Adiós, aquí tenéis un refugio para cuando queráis volver de nuevo.

     - Gracias, sois muy amables. - contestaron los tres.

     Siguieron trepando hasta que llegaron a la última rama del árbol y Saltarín dio un salto tan grande que llegó hasta el arco de las flores. De nuevo estaban otra vez en el camino. Faltaba ya poco para llegar al castillo, cuando vieron que algo se movía. Parecía como una piedra redonda. Era un erizo que al sentir la presencia de ellos, se enrolló para que no le hicieran daño.

     - ¡Hola! ¿Quién eres? - le preguntaron con cara de asombro.

     Fue entonces cuando el erizo se desenrolló y dijo:

     - ¡Hola! Soy un erizo y me llamo Espín. No tengáis miedo por mis púas, sólo las utilizo si me siento amenazado o me atacan. ¿Dónde vais?

     - Pues nos dirigimos hacia el castillo que hay  al final del arco de las flores.

     - ¿Puedo ir con vosotros? ¡Me encantan las aventuras!

     - Vale, pero no te acerques mucho Espín, que puedes pincharnos con tus púas.

     Ya eran cuatro los personajes que iniciaban de nuevo el camino hacia hacia el país del Arco Iris. Cuando llegaron hasta la puerta, seguían allí los dos centinelas y les volvieron a preguntar: 

     ¿Sabéis ya la contraseña?

     - ¡Sí, la sabemos! Bueno...nosotras no, pero nuestro amigo Saltarín sí la sabe - dijeron las hormigas.

     - Pues ahora no me acuerdo. - dijo Saltarín.

     ¿Quién de vosotras guardó el papel con la adivinanza?

     - ¡Yo! La tenía enrollada en una de mis patitas. - dijo espiga muy emocionada.

     - A ver, vamos a leerlo de nuevo para recordar la respuesta. 

     "Tengo una gran sombrilla, me buscan por sabrosa, pero atención, tened cuidado que puedo ser venenosa"

     - ¡Ya me acuerdo! - dijo Saltarín muy contento.

     Es...es...la contraseña es...la contraseña es...¡¡¡La Seta!!!

     Los centinelas se miraron uno al otro y dijeron:

     - ¡Bien, es correcta, podéis pasar al reino del Arco Iris!

     Abrieron la gran puerta y pasaron dentro. Iban con algún temor y mucha emoción, pues no sabían lo que podían encontrarse. Habían oído decir maravillas del país del Arco Iris, pero una cosa era oír y otra muy distinta era verlo.

     -¡Oh, qué grande es el castillo! - dijo espín, que tenía ya sus púas preparadas por si llegara el momento de utilizarlas.

     - ¡Sí y qué salón más largo! -dijo Ortiga asombrada.

     Empezaron a caminar hacia lo que parecía un trono, cuando de repente un grupo de ratones blancos los rodearon y los llevaron hasta donde estaba la princesa. Que era una ratita muy bonita.

     Espín estaba muy nervioso. Las púas se le pusieron más grandes.

     Saltarín se puso delante de él y le dijo:

     - ¡Tranquilízate, vamos a ver qué quieren de nosotros!

     Cuando llegaron a dos metros de donde estaba la princesa, los ratoncitos mandaron parar a los visitantes y se pusieron a ambos lados de ellos.

     Fue entonces cuando Irina - que así se llamaba la princesa - dijo:

     - Bienvenidos al país del Arco Iris. Habéis hecho una larga caminata y seguramente estaréis algo cansados. Reposad un poco y luego más tarde contaremos con vuestra presencia para la comida.. También estarán mi padre el rey Baikor, que como buen lirón que es, se lleva la mayor parte del día durmiendo...y mi madre la reina Aisha, es una marmota y también duerme mucho; me llevo la mayor parte del tiempo sola y aburrida si no fuese por mis ratones, que hacen todo lo posible para que me divierta.

     - ¡Pérez, - que era el jefe de los ratoncitos - acompaña a nuestros invitados a sus habitaciones!

     Se fueron los cuatro a los aposentos que el ratoncito Pérez les indicó.

     Cuando se quedaron solos, Espiga dijo: 

     - ¿No os parece algo sospechoso tanta amabilidad?

     - ¡Anda, no seas tan miedica, que siempre estás pensando en que algo malo va a suceder, tienes que ser positiva! - dijo Ortiga regañándola.

     - Vamos a descansar un poco y luego a lavarnos para que nos vean guapos. - dijo Espín.


     Después de todo eso ya estaban listos para ir a la comida.

     El ratoncito Pérez llamó a la puerta y cuando abrieron, dijo:

     - El rey Baikor, la reina Aisha y la princesa Irina os esperan en la gran sala.

     Salieron y caminaron detrás del ratoncito por unos pasillos muy largos. A ambos lados de las paredes colgaban candeleros en los que habían muchas velas encendidas, pues en el castillo no había electricidad. Por todas partes que iban andando veían candeleros en las paredes, en los muebles, en las escaleras, colgando en los techos, por todos lados.

     Saltarín se dio cuenta que una escolta de ratones les seguían los pasos y lo comentó con sus amigos.

     - ¿Veis? - dijo espiga - Os dije que tanta amabilidad era sospechoso.

     - ¡Que no pasa nada, sigues siendo una miedica como siempre! - le dijo Ortiga gruñendo.

     Los dejaron en presencia del rey Baikor, la reina Aisha y la princesa Irina, que ya estaban sentados en la gran mesa.

     - ¡Sentaos y comed con nosotros! - les dijo el rey.

     Les habían preparado una suculenta comida. Había ensaladas, quesos, huevos, aceitunas, galletas y mucha fruta.

     Cuando ya quedaron más que satisfechos de tanta comida, dieron las gracias y dijeron que tenían que marcharse.

     Se despidieron de los reyes y de la princesa y los tres les hicieron un regalo. Y cada uno tenía vida propia.

     El rey Baikor les regaló una linterna mágica. La reina Aisha les regaló unos sombreros de colores. Y la princesa Irina les regaló una brújula para que no se perdieran por el camino de vuelta.

     Cuando se dirigían a la salida del castillo vieron que seguían allí los mismos centinelas que cuando entraron y les dijeron:

     - ¡No podéis pasar sin la contraseña de la salida! - dijeron los centinelas.

     - ¿Es la misma que al entrar o es nueva? - dijo Saltarín.

     - No, no es la misma; esta es otra contraseña y dice así:

     "Te digo y te repito y te vuelvo a contar, por más que te diga, no lo vas a adivinar"

     - Es una adivinanza en la que la solución se encuentra en una de las miles de velas que hay en el castillo. Pero recordad una cosa...mientras la vela arda, la solución no se os dará.

     Se fueron todos a buscar la vela que contenía la solución a la adivinanza y hasta que no lo resolvieran no saldrían de allí.

     - ¿Qué habrán querido decir con eso de que mientras la vela esté ardiendo no sabremos la solución? - dijo Espín.

     No lo sabremos hasta que vayamos apagando una a una las velas del castillo y así podamos encontrar alguna solución al enigma. - dijo Saltarín, que parecía el más listo.

     - Hay miles de velas y nos llevará muchas horas, días, meses y quizás años para encontrar la contraseña. - dijo Ortiga.

     - Pues empecemos cuanto antes y para no perdernos yendo cada uno por un pasillo distinto, creo que lo mejor es que permanezcamos unidos. - propuso Espiga.

     Y así lo hicieron, fueron todos juntos por el primer pasillo que encontraron e iban apagando todas las velas que estaban encendidas. Conforme apagaban velas iban dejando el pasillo a oscuras detrás de ellos; cuantos más pasillos recorrían y más velas apagaban, más oscuridad iban dejando atrás.

     Ya estaban algo cansados de apagar tantas velas, apenas les quedaban aire en los pulmones para soplar.

     Espín tuvo una idea...¡Apartaos! - dijo.

     Y empezó a lanzar púas como si fueran dardos, con tan buena puntería que iba apagando las velas. Apagó más de treinta en un momento hasta que se quedó sin púas, pero en ninguna de ellas encontraron la solución.

     Se iban quedando cada vez más a oscuras hasta que de pronto...

     Vieron un gran resplandor que salía por debajo de una de las puertas. Llegaron a ella y había un letrero que ponía: "Ratoncito Pérez". La abrieron pensando que allí encontrarían muchas velas encendidas. Cual fue su sorpresa que la luz que iluminaba la habitación era por la cantidad de dientecillos diminutos que había, parecían perlas. Cada uno guardó varios, pero cuando salieron de la estancia dejaron de iluminar; ya no tenían ese resplandor y ese color. Ahora tenían en sus manos algo que parecían piedrecitas negras y que se iban desmoronando poco a poco.

     Dejaron atrás la habitación mágica y se encaminaron de nuevo por los pasillos para ir apagando velas. Cada vez estaba todo más oscuro y a nadie se le ocurría cual sería la solución a la adivinanza que los centinelas propusieron. Todos coincidían en que era muy difícil.

     Siguieron apagando velas y más velas y la solución no llegaba a ninguna de ellas. Ya había recorrido muchas habitaciones y pasillos.

     De pronto Espín dio un salto de alegría, había descubierto "La Vela" que cuando la apagó del humo que echaba se podía ver claramente cómo bailaba una "t".

     - ¿Cómo no se nos ocurrió antes? - dijo Espín.

     Era la solución a la adivinanza.

     "Te digo y te repito y te lo vuelvo a contar, por más que te diga, no lo vas a adivinar"
     
     - ¡Pero si estaba clarísimo! - dijo Espiga con cara de sabelotodo.

     - ¡Vamos a la salida! - dijo Ortiga feliz.

     Pero pronto se dieron cuenta de la realidad, estaba todo el castillo sin luz; a oscuras. Habían apagado casi todas las velas.

     - Tenemos la linterna que nos regaló el rey Baikor. - dijo Espín.

     En el castillo todo o casi todo era mágico y la linterna también lo era. Solamente tenía un fallo...que duraba un minuto encendida y dos minutos apagada; tendrían que darse prisa cuando estuviese encendida.

     La encendieron y recorrieron los pasillos que antes habían andado y que con la linterna ya quedaban de nuevo iluminados. Al minuto justo, se apagó.

     - ¡Bah!...La linterna que nos regalaron no nos sirve de mucho. - dijo Saltarín algo enojado.

     De nuevo quedaron a oscuras.

     - ¡También nos regalaron una brújula! - dijo Espiga.

     - ¡Usémosla para que nos indique el camino de salida! - dijo Ortiga.

     Pero no sabían tampoco que la brújula también era mágica y que tenía poderes. 

     ¡La brújula hablaba!

     Iban a oscuras porque la linterna dejó de funcionar. De pronto se escuchó una voz: ¡¡Frío, frío!!

     Se quedaron mudos. ¿Cómo era posible que una brújula hablase?

     Pensaron que tal vez si dieran la vuelta hacia atrás...

     Tenían que encontrar la puerta de salida pronto, porque si no lo hacían las puertas se cerrarían y tendrían que quedarse allí encerrados.  Caminaron un rato en dirección contraria a la que iban y de nuevo la brújula dijo: ¡¡Calentito, calentito!!

     A los dos minutos se volvió a encender la linterna.

     - ¡Ya funciona, ya está arreglada! - dijo Espín.

     Siguieron andando por aquellos pasillos interminables e iban reconociendo algunos cuadros que estaban colgados en las paredes.

     Hasta los cuadros eran mágicos. En algunos habían personas que les indicaba por donde tenían que ir para encontrar la salida; les decían: ¡¡Por allí, por allí!!

     En uno de los cuadros mágicos estaba pintado el conejito que encontraron antes de subir al árbol, aquel que hubiese querido ir con ellos de aventuras.

     De pronto, Tinky - que así se llamaba - cobró vida. Dio un salto y salió del cuadro corriendo hacia ellos.

     - ¡Hola amigos! ¡Qué alegría encontraros de nuevo! ¿Puedo ir con vosotros? - dijo Tinky.

     - ¿Qué haces aquí? ¿No encontraste a tus padres? - preguntó Espiga.

     - Pues no, estuve buscándolos toda la mañana y al final estaba tan cansado que me quedé dormido. Cuando desperté me encontré dentro de este castillo. Unos ratoncitos me habían traído hasta aquí y cuando quise salir, me encontré en la puerta a dos centinelas que me dijeron una adivinanza. Estaba tan aturdido, confuso y temeroso...y como no supe decir la respuesta para la adivinanza de salida, me encerraron en el cuadro. Y es que dicen que a todo aquel que no dice la contraseña correcta lo encierran en los lienzos.

     - ¿Y cual es la adivinanza que te pusieron Tinky? - dijo Ortiga intrigada.

     - A ver si me acuerdo...¡Ah, sí! Era algo así como:

     "Corta y no es cuchillo, afila y no es afilador; él te presta sus servicios para que escribas mejor"

     - Pues...no lo veo tan difícil Tinky. - dijo Espiga.

     - Es que estaba muy nervioso y solo pensaba en huir. - dijo Tinky más tranquilo.

     - ¿Y qué era espiga?

     - Pues tu adivinanza era "El Sacapuntas".

     - ¡Ohhhhh! ¡Qué fácil!

     - Bueno, puedes venir con nosotros, tenemos ya una contraseña para salir. Encontré una vela y con el humo se veía escrita. - dijo Espín.

     De nuevo la linterna volvió a apagarse y quedaron a oscuras otra vez. Y de nuevo echaron mano a la brújula para que los orientasen. Cuando iban caminando por un pasillo, dijo la brújula: ¡¡Frío, frío!!

     Algunos personajes de los cuadros les decían: ¡Es hacia atrás!

     Dieron la vuelta y al rato dijo otra vez la brújula: ¡¡Caliente, caliente!!

     - ¡Ya estamos cerca! - dijo Saltarín.

     - ¡¡Os vais a quemar, os vais a quemar!! - dijo de pronto la brújula.

     Al final del pasillo vieron la puerta donde estaban los centinelas. Fue entonces cuando Espín se puso delante y les dijo a los dos:

     - ¡Tenemos ya la contraseña de salida!

     - ¿Sabéis entonces la respuesta? ¡Recordad que si la contraseña no es correcta os meterán en los cuadros y no podréis salir! - dijeron los centinelas.

     - La contraseña es...¡¡El Té!! - dijeron todos a la vez, menos Tinky, que era el único que no se lo sabía por no estar cuando la descubrieron.

     - ¡Podéis salir, es correcta! - dijeron los dos centinelas a la vez.

     - ¡¡Biennnnnnnnn!! - dijo Ortiga muy contenta.

     - ¡Qué alegría poder ver de nuevo la luz! - dijo Tinky que creía que nunca la volvería a ver.

     - Ya no nos hace falta la linterna ni la brújula, porque con el sol es suficiente para ver y orientarnos. - dijo espiga.

     - Pero nos la llevaremos por si acaso nos sirven para otra ocasión. dijo Espín.

     Emprendieron la marcha hacia el puente de colores y vieron que las flores habían crecido muchísimo, tanto que casi no se veía el cielo. Entonces recordaron que también llevaban unos sombreros cada uno...menos Tinky.

     - Nos dijeron que todos los regalos cobrarían vida al usarlos. - dijo Saltarín.

     - Qué tendrán de especiales estos sombreros? . dijo Ortiga.

     Se pusieron los sombreros y al pronto notaron que se hacían grandes y que se estaban elevando del suelo.

     - ¡¡Ehhhhhhh, no me dejéis aquíiiiiii!! - dijo Tinky asustado.

     - ¡Agárrate a mis patas Tinky! - dijo Espín que era el más grande.

     Tinky iba bien agarrado a las patas de Espín, que era el más fuerte de todos. Cada vez se elevaban más y más del suelo, ya sobrepasaron las flores de colores y subían, subían...

     El viento soplaba fuerte y al mismo tiempo que subían iban alejándose cada vez más del Arco Iris.

     - ¿Pero donde iremos a parar? - dijo Ortiga asustada.

     - Si seguimos subiendo...¿Cómo bajaremos luego? - dijo Espiga.

     - ¡Algo tendremos que hacer, no podemos seguir así! - dijo Saltarín.

     Espín que tenía bastante trabajo ya con tener agarrado a Tinky sobre sus patas, se le ocurrió una gran idea y dijo:

     ¡ ¡Ya lo tengo! lanzaré púas sobre los sombreros y les haré algunos agujeros y así irán bajando poco a poco.

     Dicho y hecho. Al poco tiempo de lanzar las púas, los sombreros mágicos empezaron a bajar y a bajar. El viento que seguía soplando - pero ya no era tan fuerte como antes - hizo que se desviaran del puente del Arco Iris y bajaban al lado del árbol por donde habían subido.

     Patilla y Cerilla al oir tanto alboroto, se asomaron y vieron que eran sus amigos los que bajaban de esa manera tan graciosa. Llamaron a todos los familiares que estaban dentro celebrando la fiesta.

     - Pero si son nuestros amigos! ¡¡Ehhh, adióssss, amigossss !!

     - ¡Adióssss Patilla, adiósssss Cerilla! - contestaron.

     De pronto oyeron un tremendo ruido que procedía cerca de donde ellos iban cayendo.

     Era Abelardo que iba acompañado de sus amigos de la colmena.

     - ¡¡Zzzzzzzzzzzzzzzz!! ¡¡Adióssss, amigossss!! dijo al pasar.

     Llegaron a tierra firme y a Tinky le estaban esperando sus padres que pasaron por allí justo en el momento que miraban hacia arriba y vieron caer a todos.

     - ¡Tinky!...¿Dónde te metiste todo este tiempo? ¡Hemos estado buscándote desesperados por todos lados!

     - ¡Mamá, papá...qué alegría veros de nuevo!

     - Buenos amigos, muchas gracias por todo y que tengáis feliz regreso a casa. - les dijo Tinky, un poco tristón por no poder seguir la aventura con ellos.

     Espín también se despidió de ellos, esperando verlos de nuevo. Se enrolló a sí mismo y se fue rodando ladera abajo. Tropezó con una piedra y dio una voltereta en el aire, al mismo tiempo que le daba, vio al ciempiés queriendo atraparlo con sus mandíbulas. Siguió rodando y rodando hasta que quedó parado, se desenrolló y continuó andando.

     - Bueno, pues ya solamente quedo yo, así que subiros de nuevo a mi cabeza que voy a saltar el charco para dejaros otra vez en el camino de vuelta por donde empezasteis la aventura. - dijo Saltarín.

     Así lo hizo, se subió a la rama del árbol donde por primera vez vio a sus amigas venir y con casi lágrimas en los ojos las vio alejarse hasta que fueron dos puntitos negros lo que se iban perdiendo a lo lejos.





                                                                               F  i  n

     

     

     

     


     
     

     


     



     




     

     


     

domingo, 12 de noviembre de 2017

Viaje al sol



     
     
     

     Había sido un día muy ajetreado; de mucho trabajo en el colegio y de las actividades que tuvo por la tarde, así que cuando cayó en la cama con la ilusión de que tal vez pudiera volver a ir a la Luna...

     Sintió una ligera brisa que entraba por la ventana y se escuchaba de cerca un pequeño ruido que no paraba.

     Se levantó, encendió la luz y vio en un rincón dos globos, los cuales al darles el aire se entrechocaban entre ellos y hacían ese sonido extraño. Cada uno de ellos tenía un hilo que al final terminaba en una argolla. En el momento que los cogió se reanimaron y fue como si cobrasen vida propia. Y de nuevo se vio volando por la ventana. 

     Esta vez no llevaba la bicicleta mágica, pero llevaba unos globos que hacían el mismo trabajo. 

     Iba subiendo y subiendo...llegó un momento que ya la Tierra ni se veía. Seguía subiendo... a una velocidad extraordinaria. Tal fue la tremenda aceleración que al pronto descubrió que se estaba acercando de nuevo a la Luna. Como quería descansar del viaje tan veloz, quiso reposar en ella, pero no sabía cómo frenar los globos que llevaban una rapidez endiablada. 

     Tenía que pinchar de alguna forma uno de ellos para reducir y poderse detener.

     Entonces se acordó que en la cena su madre le puso pescado y se le quedó una espina entre los dientes, que no pudo quitársela cuando se los lavó antes de ir a la cama. Soltó una mano de las anillas en las que iba sujetado y fue a la caza y captura de aquella espina, rebuscando hasta que la encontró. 

     Alcanzó a pinchar uno de los globos y al momento notó que ya no subía sino que empezaba a bajar poco a poco, hasta que de pronto notó que sus pies pisaban algo. Pero también se dio cuenta que no era la Luna donde se posaba porque iba a una velocidad astronómica.

     ¡Era un asteroide! 

     Intentó agarrarse donde pudo, al hacerlo se le escapó el globo que le quedaba y quiso ir tras él, al hacerlo por poco se suelta de donde estaba. Volvió a colocar la mano que le quedó libre y lo hizo en un hueco distinto al de antes. Tocó algo en esa roca y sintió que algo se movía. Era una puerta secreta que se estaba abriendo. Si no entraba rápido en ella saldría despedido de nuevo al espacio. 

     ¡Y ya no tenía los globos!

     Así que empezó a balancearse y de un gran impulso entró en ella rodando por el suelo. De pronto la puerta se cerró y se encontró en un lugar muy oscuro.

     El asteroide no iba recto sino que daba unos giros tan rápidos que su cuerpo algunas veces estaba en el suelo y otras en la pared. Fue entonces que en una de las veces que tocó la pared, lo hizo en un sitio que de nuevo se abrió otra puerta al fondo. Tal fue la luz que entró que por un momento quedó ciego. 

     ¿Qué pasa aquí? ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy sintiendo cada vez más calor?

      ¡¡Me estoy quemando!!

      Una voz muy potente se escuchó como si fuese un altavoz.

     No temas, no pasa nada...estás en el interior de un asteroide solar y nos estamos acercando al Sol. Entra en una de las habitaciones que tienes a los lados y allí encontrarás trajes protectores, pero hazlo rápido, no tenemos tiempo que perder.

     Fue arrastrándose por el suelo y otras arañando la pared intentando llegar a una de las habitaciones, cada vez sentía más calor, poco a poco notaba que su cuerpo empezaba a echar humo y que su ropa se chamuscaba. 

     Por fin logró alcanzarla cuando apenas le quedaba aire en los pulmones y estaba a punto de desmayarse. Al entrar en la habitación observó que había unas vitrinas con vestiduras especiales para proteger contra el fuego. Rápidamente se colocó uno de esos trajes y se puso el casco y los guantes. 

     Notaba como sus músculos iban creciendo de forma extraordinaria; a pasos agigantados. Su cuerpo se llenó de tal adrenalina que la reacción fue monumental. Podía moverse tan rápido que no era posible verlo a través del ojo humano. Veía imágenes pasar tan velozmente que casi no le daba tiempo a alimentarse de lo que realmente le estaba sucediendo.

     Salió de nuevo a la galería y se dio cuenta que ya no tenía el calor de antes, su ropa ya no abrasaba.

     El asteroide seguía su inevitable camino hacia el Sol.

     Miró a través de la pantalla del casco que le protegía de la radiación y pudo verlo como nunca lo había visto. Tan cerca...

     Casi podía tocarlo con las manos. 

     Entonces ocurrió...

     Sintió que sus pies estaban muy calientes. Quizás las botas no eran las adecuadas o tal vez no se las amarró bien.

     Cada vez se abrasaba más. El traje no lo estaba protegiendo como era su función; ardía...se estaba achicharrando.


     
     El Sol entraba por la ventana del dormitorio y le daba en los pies...

     Su mamá lo despertó, pero él hizo como si no la hubiese oído. Lo llamó de nuevo y poco a poco empezó a abrir los ojos restregándoselos  y refunfuñando.

     ¡Vamos, que tienes que ir al colegio! - le dijo su madre dándole un beso.

     Mami, déjame un ratito más - le contestó Paulo.

     ¡No, que vamos a llegar tarde! 

     

     



domingo, 23 de julio de 2017

Viaje a la luna

        




          
          Había una vez un niño llamado Paulo que de mayor quería ser astrónomo. Todas las noches antes de dormir, se asomaba a la ventana para ver a la luna. Se hizo con el rollo del papel higiénico un telescopio con el cual podía verla. 
          
          Una noche vio que le sonreía, hasta llegó a ver cómo la luna le guiñaba un ojo como queriéndole decir: ¡Ven, ven!. 
          
          El niño quedó totalmente asombrado, no podía creer lo que estaba viendo.
          
          Entonces observó que la bicicleta que tenía al lado se movía sola. Se montó en ella y entonces ocurrió...
          
          La ventana estaba abierta y salió volando. Él quería guiarla hacia abajo, hacia tierra firme, pero la bicicleta cada vez cogía más altura, y más, y más...
         
          Y tan alto subió, que llegó a la luna.
          
          Aterrizó en lo alto de un cráter del cual salieron dos seres muy extraños, pues tenían cuatro orejas, dos narices y tres ojos cada uno. Estaban parados y flotaban, ninguno de los dos ponía los pies en el suelo.
          
          Al pronto se asustó mucho, pero Mycho y Flavius  lo tranquilizaron hablándole dulcemente. Paulo al principio no entendía nada poniendo una cara de asombro y de ignorancia. Era un idioma muy raro.
          
          Ellos al darse cuenta de que no se estaba enterando de lo que decían, decidieron traducirlo, al mismo tiempo que hablaban salían de sus orejas una serie de números y letras.
          
          - H0l4,  n0  73n645  m13d0,  n0  73  h4r3m05  d4ñ0 -

          Paulo se quedó con la boca cuadrada, pues ahora sí se estaba enterando de lo que decían, aunque no muy bien.

          - ¿D3  d0nd3   v13n35?  ¿C0m0  73  ll4m45? - preguntaron.

          - V3n60  d3  l4  T13rr4  y  m3  ll4m0  P4ul0 -  ¡Ups!... 

          Se dio cuenta que a él también le salían de las orejas esos números y letras. Pensó que era así como podía comunicarse con ellos.

          - V3n  c0n  n0507r05,  73  3n53ñ4r3m05  nu357r0  h064r.  P3r0  4n735  d3b35  p0n3r73  35705  z4p4705  p4r4  n0  p154r   3l  5u3l0  y   n0  d3j4r  hu3ll45.

          Paulo se puso esos zapatos tan raros y vio que su cuerpo se elevaba unos centímetros del suelo y se fue con ellos. Pensó que así tendría una aventura para luego contar a sus amigos.

          A través de muchos túneles, puentes y caminos estrechos, llegaron a una explanada donde se hallaba una gran ciudad. Ellos la llamaban Selene. Sus habitantes son los selenitas.

          Antes de llegar le preguntaron:

          - ¿Y  7ú,  c0m0  h45  ll364d0  h4574  4qu1?

          ¡ 4nd4,  l4  b1c1cl374 !   51n  3ll4  n0  p0dr3  v0lv3r  4  c454

          - N0  73  pr30cup35,  m4nd4r3m05  4  r3c063rl4.

          Todo lo que veía flotaba, la gente, los edificios, el transporte. Estaba maravillado de ver tantas cosas distintas a las de la Tierra. Sus amigos no se iban a creer nada cuando les contase todo aquello. Les preguntó el porqué todo estaba en el aire y nada tocaba el suelo. Dijeron que si algo tocaba el suelo permanecería la huella para siempre.

          ¡ Cl4r0,  p0r  350  h4y  74n705  46uj4r05  3n  l4  lun4 !

          - 51, l05  cr473r35  30n  1mp4c705  d3  m3730r1705.

          ¡Claro! - pensaba Paulo. Con razón la luna desde la Tierra parece un queso de gruyere. 

          Lo llevaron hasta un observatorio donde ellos podían ver la Tierra desde un potente telescopio. Paulo se puso a mirar y vio la Tierra tan cerca como si estuviera en un helicóptero. 

          ¡¡ 0h ,  v30  m1  c454 !!

          Mycho y Flavius se miraron y sonrieron. 

          Bu3n0 ,  4qu1  713n35  7u  b1c1cl374 ,  pu3d35  1r73  cu4nd0  qu13r45.

          Paulo cogió su bicicleta y se despidió de ellos prometiendo que iría a visitarlos otra vez. Al montarse, su bici empezó a tomar altura, cada vez más y más rumbo a la Tierra.

          La bicicleta parecía que conocía bien el camino, pues casi sin guiar se coló por la ventana de su dormitorio. 

          Como estaba muy cansado, se acostó en su cama y pronto se quedó dormido, estaba agotado. 

          Cuando su mamá lo llamó para que se levantara para ir al colegio, le dijo que había tenido una aventura muy hermosa. Que había ido a la Luna.

          Su madre le dijo que podía haber tenido un sueño.

          Entonces miró que el rollo de papel higiénico estaba en el suelo y la bicicleta en un rincón. 

          Se subió a la bici y vio que no volaba. Pensó que quizás su madre llevase razón, que había sido todo una fantasía, una ilusión.

          Pero, ahora no estaba la luna. ¿Y si...?

          Por la noche volvería a intentarlo.

          

         




          

         

lunes, 17 de julio de 2017

La cama de los cuentos 2

          


          

          Las dos hormigas Ortiga y Espiga iban de nuevo por ese camino lleno de colores, las flores lucían más brillantes porque ahora estaban en plena primavera. 

          Habían dejado atrás una aventura llena de emociones y se disponían ir a casa, a la cual hacía mucho tiempo que no iban. Seguramente sus familiares estarían preocupados por ellas.


          De pronto vieron cómo a lo lejos parecía que se movía las flores, pero no hacía viento. 


          Eran otras hormigas que venían en fila haciendo zigzag y cada una llevaba una hoja, la cual era cinco veces su tamaño. Decidieron seguirlas para ver dónde se dirigían. Al cabo de un buen rato vieron un gran montículo, que las hormigas esquivaron en un gran rodeo. Era una colonia de termitas y en lo más alto había varios soldados de grandes cabezas y más grandes aún sus mandíbulas, capaces de arrancar de cuajo la cabeza de una hormiga. Notaron que habían tomado más velocidad para que no se percataran de su presencia.


          - ¿Qué hacemos, nos vamos para casa o la seguimos para ver dónde van? - dijo Espiga a Ortiga. 


          - ¡Vamos a seguirlas! - dijo Ortiga.


          La fila de hormigas que transportaban esas hojitas se metieron en un agujero en el que también había dos hormigas soldados en la entrada,  una a una iban desapareciendo.


          - Esta situación me recuerda un poco a la aventura anterior, en la que en la puerta del castillo había dos centinelas - dijo Ortiga. 


          Como no estaban bien escondidas fueron vistas por los centinelas que les dijeron: 


          - ¡Eh, vosotras! ¿Qué hacéis ahí? ¡Venid aquí!


          Llegaron donde estaban las dos hormigas soldados en la puerta y dijeron:


          - ¡Hola, somos Ortiga y Espiga, pero no pertenecemos a vuestro hormiguero!


          Bueno, si venís en son de paz, podéis entrar y así conoceréis cómo funcionamos dentro.


          Así lo hicieron, entraron y fueron recibidas por una hormiga joven, que era la que tenía que saber todo lo referente al refugio.


          - ¡Pasad, pasad! - dijo Hana -


          - Como podéis ver todo son pasadizos perpendiculares y galerías laterales, tenemos hecho los túneles a distintos niveles para que cuando llueva no se inunde el hormiguero, hay cámaras de crías o larvas que son alimentadas y aseadas por las hormigas obreras, también tenemos cámaras para almacenar comida, tenemos cuartos de estar, cuartos de baño y hasta un basurero que está cercano a la superficie. También hay una gran sala en la que vive nuestra reina, la cual está constantemente poniendo huevos.


          - Sí, en nuestra colonia también es lo mismo - dijo Ortiga.


          - Por cierto, tenemos que irnos porque nuestros padres estarán preocupados por nosotras, hace mucho tiempo que no volvemos a casa.


          Hana les acompañó hasta la salida a través del laberinto de túneles, en el que cualquiera que no supiese el camino se perdería fácilmente.


          - Gracias por enseñarnos vuestra casa. ¡ Adiós!


          De nuevo estaban otra vez camino a casa, hablando de lo que les había pasado - que eran muchas cosas - el camino iba a ser largo, se guiaban de los árboles, los cuales sus ramas siempre crecen más mirando al sur y su casa estaba al norte, donde el musgo crecía por ser zona más sombría y húmeda. Treparon por un árbol por si podían ver el sol a través de las ramas para así poder orientarse aún mejor. Llegaron casi a la copa del árbol y vieron a lo lejos que algo se movía, era como una gran mancha negra móvil. Pero no podían ser las hormigas obreras porque era demasiado lejos y además era mucha la extensión que cubría y todo desaparecía. 


          Se miraron una a otra pensando lo mismo y gritaron las dos a la vez: 


          - ¡¡ Marabuntaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa !!

   
           Bajaron del árbol a toda prisa y corrieron lo más que pudieron para avisar a la colonia de Hana, no había tiempo que perder, dentro de poco tiempo todo podría desaparecer, la marabunta arrasa con cualquier cosa a su paso; por donde pasa no vuelve a crecer en mucho tiempo.

          Llegaron con las antenas arrastrando por el suelo y casi sin poder  hablar del tremendo esfuerzo que habían hecho. 


          Cuando llegaron a la puerta del hormiguero alertaron a las hormigas soldados de lo que vieron; del peligro que corrían todos, ellas incluida.


          De unas a otras se iban diciendo lo que pasaba y en cuestión de un minuto ya lo sabía todo el hormiguero el cual alertaban a otras colonias.


           A nadie le daría tiempo de huir porque la marabunta avanza más rápido y por mucho que corrieran o se escondieran no tendrían salvación.


                Las reinas de todas las colonias se reunieron urgentemente para poder trazar un plan de defensa. Pidieron ayuda a las avispas y a las termitas que aunque eran enemigas, más lo era la marabunta que acabarían con todos si no se unían y dejaban a un lado sus rencillas. 


          Sabían que el punto débil de la marabunta era el fuego o el hielo. 

   
          Espiga y Ortiga estaban atentas de todo lo que pasaba y preparadas para lo que hiciese falta, cuando de pronto escucharon un gran ruido que venía del cielo miraron hacia arriba y vieron a Abelardo que en ese momento pasaba por allí.

          ¡ Abelardoooooooooooooooooo ! - gritaron las dos al mismo tiempo.


          Abelardo, que a pesar del ruido que hacían sus grandes alas, tenía muy buen oído, las oyó y rápidamente voló hacia ellas.


          - Hola amigas, ¿qué pasa?


          En menos de un minuto Ortiga y Espiga pusieron al corriente a Abelardo la situación. 


          Rápidamente Abelardo fue en busca de otros abejorros y en muy poco tiempo se presentó con un ejército.


          Al juntarse todas las colonias eran millones las hormigas. Dieron la orden que las de grandes mandíbulas cogieran piedras que al chocar saltaran chispas, así pudieron hacer el fuego que extendieron a un kilómetro de ancho, al mismo tiempo que las obreras hacían un gran cortafuego a la misma anchura, para que el fuego no fuera hacia ellas.


           El ejército que trajo Abelardo se pusieron en el cortafuegos y moviendo rápidamente sus alas hicieron que el fuego fuera hacia la marabunta, que iban quemándose por miles.

                     A las soldados termitas se las mandó al lago helado para que con sus grandes mandíbulas cortaran el hielo y así poder hacer trozos, los cuales los ponían en grandes hojas que muchas avispas cogían y sobrevolaban hacia el centro de la marabunta donde estaba la reina, pensaban que acabando con ella se retirarían. 

         Mientras que el fuego hacía su trabajo haciendo retroceder a los enemigos, el cielo se llenaba de avispas llevando el arma mortal contra la marabunta, soltando los cubitos de hielo en el centro de la gran mancha negra donde la reina estaba protegida por una legión de soldados, era como un bombardeo, las que soltaban su carga volvían a por más y eran miles.


          Hasta que se abrió el centro y se quedó al descubierto la gran reina, que era 50 veces el tamaño de las demás, entonces las avispas concentraron todo el hielo que llevaban hacia ella. 


          Así pudieron derrotarla y ganar la batalla. Entre el fuego y el hielo acabaron con casi todos. Los pocos que quedaron cogieron el cuerpo de su reina y se la llevaron.


          ¡ Ganamosssssssss ! ¡ Hemos vencidoooooo ! - gritaban todos.


          Ahora quedaba apagar el fuego rápido.


          Volvieron a reunirse el consejo de reinas y acordaron en hacer un gran cortafuego alrededor y así pudiera arder solamente lo que ya estaba ardiendo y que no se extendiera.


          Al mismo tiempo las avispas seguían transportando los cubitos de hielo, pero esta vez los echaban al fuego, y como eran miles y miles de cubitos, poco a poco se iba apagando. Al cabo de tres días se apagó completamente.


          Ortiga y Espiga estaban alucinadas de lo que habían presenciado; No daban crédito a sus ojos; nunca pensaron que iban a poder vencer a la marabunta; que todos iban a morir.


          Cuando ya pasó todo, cuando ya no hubo peligro alguno, se reunieron todas las reinas de todas las colonias, incluídas las reinas de las termitas y de las avispas. Acordaron que habría un mes de fiesta por la victoria y que de ahora en adelante vivirían en paz entre ellas.


          Ortiga y Espiga se despidieron de Hana, de Abelardo y de todos, agradeciendo la buena acogida que tuvieron con ellas.


          Y de nuevo emprendieron el camino hacia su casa. 


          Iban hablando de todo lo que les había pasado, no se iban a creer en su colonia todas las aventuras que habían  tenido.


          El camino volvía a llenarse de flores de colores...